Gustav Klimt: Adán y Eva

En el lienzo, que quedó inacabado, Klimt vuelve a abordar el tema del amor entre hombre y mujer, que había representado en el Friso de Beethoven, en el del Palacio Stoclet y, naturalmente, en El beso.

Como en este último caso, la escena tiene un sabor arquetípico, pero la atmósfera feliz ha desaparecido.

Nuestros primeros padres, símbolo de la unión en pareja, no están ya aislados dentro de un espacio dorado y concentrados sólo en sí mismos.

El formato alto y estrecho, escogido por Klimt también para Judit II, donde las figuras apenas caben, quita aire e intimidad a la escena, imponendo a Adán y a Eva a nuestra mirada.

Ambos personajes son representados de frente, uno detrás del otro, con el efecto de anular su comunicación. Sus sensaciones parecen distantes y separadas, cada uno está encerrado en sus propios sentimientos, que no comparten.

La ternura de la posición reclinada de las dos cabezas adquiere significados diversos y, si bien en los ojos cerrados del hombre se expresa una participación dolorosa, en la mujer se convierte en el gesto afectado de una muñeca de porcelana.

Adán tiene el rostro demacrado y la piel manchada que caracteriza a las figuras sufrientes de Schiele, artista que Klimt miraba con interés. En el cuadro no hay, sin embargo, el dolor cósmico propio de las obras del artista más joven y el hombre parece más bien dominado por el poder femenino.

El rojo de las mejillas no tiene un aspecto natural y más se diría debido al maquillaje que a la emoción.

Las manos de las figuras no parecen tocarse y la mujer acaricia sus cabellos y no a su compañero. La crudeza de la representación es acentuada por el colorido tostado e invade el cuadro un acento de violencia, que emana del fondo oscuro y del atrevido motivo de manchas.

arte e historia

Adán y Eva (1917-1918)
Óleo sobre lienzo, 173 x 60 cm.
Viena, Österreichische Galerie Belvedere, Schloss Belvedere.

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