Gustav Klimt: La factoría de los abedules

En los años noventa Klimt empieza a dedicarse también con creciente interés a la pintura de paisaje, que supone casi la cuarta parte de su producción pictórica. No hace ningún dibujo: trabajaba generalmente del natural, al aire libre, aunque el resultado estaba deliberadamente alejado del efecto de espontaneidad de las obras impresionistas.

Sus cuadros, por el contrario, producen una sensación de quietud y silencio, en parte porque nunca interviene una presencia humana para animar o perturbar los escenarios naturales.

El estilo de la presente obra, una de las primeras del género, es todavía de tendencia naturalista y hay en ella una posible influencia de las obras del belga Théo van Rysselberghe, uno de los miembros extranjeros de la Secesión, que había expuesto en 1899 algunos trabajos suyos.

Con todo, contiene ya algunas de las características que Klimt desarrollaría en años posteriores en sentido decorativo, como la repetición ritmada de algunos elementos y la elección de una composición casi sin horizonte. La misma vivacidad de la factura es moderada por pocos detalles que entran a formar parte de la visión y del alejamiento de la factura del título, relegada a los márgenes del encuadre.

La escena, que, en una solución en extremo innovadora, carece de protagonista y de centro, está dominada por la extensión del prado, animada por los troncos de abedul, árbol favorito de los simbolistas por su esbeltez y aparente fragilidad.

La decisión de no incluir sus copas y hacer de modo que los árboles queden cortados por los bordes del lienzo se inspira en las estampas japonesas; lo mismo había hecho varias veces Van Gogh, en la época casi desconocido en Austria.

El artista demuestra así estar al día en cuando a las novedades más recientes y progresistas de la pintura extranjera, mientras que la pintura de paisaje austriaca seguía tenazmente aferrada al pictoricismo y a las vistas canónicas de la segunda mitad del siglo XIX.

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La factoría de los abedules (1900)
Óleo sobre lienzo, 80 x 80 cm.
Viena, Österreichische Galerie Belvedere, Schloss Belvedere.

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