Paul Klee: Mirada desde el rojo

Un considerable número de obras realizadas por Klee a finales de los años treinta se caracterizan por la representación de una nueva unidad espacio-temporal, por una intensificación de los colores vivos -que simbolizan tal vez una nueva esperanza de curación para el artista enfermo- y por una búsqueda personal de interacción entre color y signo, como en una evocación de profundas solicitaciones personales.

Estos signos parecen ordenados en el lienzo -de formato cada vez mayor- de manera lineal, con el fin de crear estilizados perfiles antropomórficos, paisajes y formas de la naturaleza.

Las imágenes que surgen de estas obras proceden de la realidad, despojada de toda connotación simbólica hasta quedar reducidas a lo esencial. El ritmo que se origina en el perfecto ajuste de formas y colores es musical y psicológico al mismo tiempo: gruesos puntos y de colores marcan sus pausas y acentos, mientras segmentos cuadrados o curvas perfectas dirigen su lectura.

Por lo general negros, los signos y las líneas, trazados con una pincelada espesa y semejantes a jeroglíficos, configuran, en este tipo de obras, unas veces un rostro de niño o de hombre (Músico, 1937), otras una serie intrincada de árboles que describen un paisaje (Parque cerca de Lucerna, 1938) o un dibujo más abstracto, una sensación percibida, un estado de ánimo (como en esta Mirada desde el rojo).

En estas composiciones vemos una serie de objetos indicadores, signos de puntuación (véase sobre todo Signos en amarillo, 1937) dentro de laberintos en los que parece esconderse un personaje en busca de una vía de salida, perdido, como un niño lleno de estupor, en una naturaleza que es vida gozosa y maravillosa y al mismo tiempo fuente de desorientación, de pérdida del centro.

historia del arte

Mirada desde el rojo, 1937.
Pastel sobre algodón blanco sobre yute, 47 x 50 cm.
Zentrum Paul Klee, Berna.

Vida y obra de Paul Klee