La expansión de un imperio y su arte

Cada uno de estos gobernadores de frontera tenía una corte y una guardia personal en un castillo-fortaleza con muchas dependencias dentro de un recinto de muralla, a menudo construida sobre la colina artificial o tell de una antigua ciudad mesopotámica, como ya explicamos en profundidad en el volumen dedicado al arte mesopotámico. Desde allí el príncipe parto o sasánida vigilaba los castros militares bizantinos y visitaba sus guarniciones en los largos períodos de paz o, mejor dicho, de armisticio entre el emperador de Constantinopla y el gran monarca parto o sasánida.
En aquellas cortes fronterizas se había ido creando un estilo artístico que no tenía de clásico, helenístico o bizantino más que cierto sentido de regularización y simetría, pero que, en cambio, aceptaba todos los productos de la fantasía oriental, asociándolos con gusto exquisito. Los elementos vegetales o zoomórficos están esquematizados de tal suerte, que a veces es difícil reconocerlos. La explicación a esta clara tendencia a la sencillez acaso resida en el fuerte contraste de sol y sombra del desierto, que no permitiría distinguir los matices en el claroscuro ni los trazos secundarios en los perfiles.
Dos monumentos árabes mesopotámicos de los primeros tiempos de la conquista muestran claramente la vacilación entre el estilo aún helenístico y bizantino de un lado del Eufrates y el ya saturado de este genio oriental que ha sido reconocido como predominante en la decoración de los castillos persas sasánidas. Uno es el alcázar-palacio de Ksar-Amra, construido por Al-Walid entre los años 712 y 715. La fecha se ha podido determinar con tal precisión porque en uno de los frescos que decoran las bóvedas está el rey Rodrigo de Toledo entre los vencidos por el Islam.
Este alcázar-palacio de Ksar-Amra es sólo un descansadero o pabellón de caza real en el desierto, por lo que poca información puede proporcionar. En cambio, M'schatta debía de ser residencia con corte y guarnición permanente, tal y como lo demuestra su estructura y su rica ornamentación, en la que destaca el fantástico friso, que, casi milagrosamente, se ha conservado hasta el presente. Aunque esta fortaleza quedó sin terminar, fue proyectada para mansión en el desierto de uno de los príncipes omeyas de Damasco, probablemente desterrado o retirado allí para vivir con el esplendor de un magnate la vida real del árabe nómada de los días preislámicos. Desde que el castillo de M'schatta fue descubierto y su magnífico friso trasladado al Museo de Berlín, la edad del monumento ha venido siendo objeto de vivas discusiones que sólo en los últimos tiempos parecen haber llegado a conclusiones más o menos definitivas. De este modo, actualmente no queda ninguna duda de que es islámico, porque se ha identificado una cámara como la mezquita, del siglo II de la Hégira (es decir, fines del siglo VIII d.C).
Casi simultáneamente que Siria y Mesopotamia, los árabes conquistaron Egipto, y para establecer sólidamente su dominación, fundaron una ciudad militar en al-Fustat, cerca del sitio donde después se asentaría El Cairo. Junto al río Nilo, no muy lejos de la capital bizantina, que era Alejandría, El Cairo es aún hoy la ciudad musulmana por excelencia; es la capital de la civilización árabe, el centro de la ciencia islámica. Supera su prestigio cultural al de Medina y Damasco, que, en otro tiempo, fueron las metrópolis del saber musulmán.
Al establecer los árabes en Egipto una ciudad militar, no sólo la rodearon de murallas y la protegieron con una tremenda fortaleza, sino que edificaron en seguida la mezquita, para que aquel centro de resistencia islámica fuera inexpugnable tanto por el prestigio militar como por la devoción. Se observan, de nuevo, como ya se ha señalado y como se continuará viendo a lo largo del presente capítulo, como la religión fue un factor decisivo para la expansión y consolidación de un imperio tan vasto como lo fue el Imperio islámico.
Por tanto, la ciudad de El Cairo supone para los historiadores del arte islámico, un auténtico regalo que permite que la aproximación, como no lo hace ninguna otra ciudad en el mundo, a la evolución artística de los árabes. La más antigua mezquita de El Cairo es la llamada de Amru, y se supone edificada por el mismísimo conquistador el año 642. Es todavía una mezquita como la de Medina, reducida a una sala con varias filas de columnas, que en la mezquita de Amru fueron ya de ladrillo. En fin, una construcción todavía muy sencilla, como era habitual en las primeras edificaciones que levantaron los aún inexpertos constructores árabes.
A ésta sigue en orden de antigüedad la mezquita de Ibn-Tulun, puesto que su construcción data del 878. También tiene esta mezquita un patio rectangular con sus correspondientes pórticos; el del lado del mihrab posee cinco hileras de columnas que sostienen arcos apuntados cubiertos con relieves de estuco. Las filas de columnas corresponden a la casi necesidad litúrgica de orar los musulmanes alineados. Las crujías o naves de la mezquita van aumentando y aislándose gradualmente del patio, con una fachada en la que se han abierto numerosas puertas. De estas características es ya la mezquita de Al-Azhar, en El Cairo, iniciada en 971 y restaurada más tarde en diversas ocasiones. El año 974 se fundó en ella la que es la más antigua universidad del mundo, centro actual de la civilización coránica.

Mezquita de Hassán (El Cairo)

Mezquita de Hassán (El Cairo). Desde su interior se exhorta a los fieles con cánticos, cuyo eco reverbera en las paredes de este descomunal edificio religioso que, según cuenta la leyenda, fue construido en la Edad Media con los bloques de recubrimiento de la Gran Pirámide de El Cairo.

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