Historia del Arte

Dadaísmo

La ironía, el fingimiento, el humor y todas las formas de provocación intelectual se manifiestan, lo mismo que los sueños, como hijos de la noche. Al igual que la noche tienen un poder disolvente sobre la realidad decepcionante. Son las armas ligeras del pensamiento que, manejadas expertamente, pueden resultar mortíferas. Los movimientos poéticos que alcanzaron alguna influencia a partir del romanticismo hicieron uso de ellas contra el espíritu burgués.

Oponiendo sus tinieblas vivientes al siglo de las luces, los románticos marcaron la noche con el flamear de su ironía. Su arquero más insigne fue sin duda Georg Christoph Lichtenberg. Su fantástica invención, “un cuchillo sin hoja cuyo mango se ha perdido”, constituye la prefiguración por excelencia del objeto Dadá ideal, que es, puesto que es objeto de una frase, de una definición, pero que al mismo tiempo no es nada. En Francia hubo la bohemia, que reivindicaba orgullosamente sus consignas: Miseria, Sueño y Libertad. Su recuerdo nos ha llegado muy debilitado a través de las imágenes convencionales de Henri Murger. Y es que, al no poseer nada, la bohemia podía aspirar a todo. Balzac le dio como característica fundamental la irresponsabilidad, lo cual nos acerca al movimiento Dadá.

Veinte años después, el mismo espíritu renace bajo otro nombre, el de la fantasía. He aquí otra palabra cuyo sentido se ha debilitado para no designar más que un capricho. Pero entre 1860 y 1870, bajo el Segundo Imperio, la bandera fantasista unía en torno a sí a casi todo lo que en arte y en poesía se oponía al pensamiento oficial y al conformismo moral. Théodore de Banville, puro y leal, fue su orquestador, Albert Glatigny fue su héroe trágico y Catulle Mendés su ilustre Gaudissart. La fantasía de entonces también fue rebelión y repulsa. Villiers de Lisie -Adam, Stéphane Mallarmé, PaulVerlaine obtuvieron de ella su energía. Y Arthur Rimbaud percibió intensamente sus ecos.

El sarcasmo, la burla y la parodia serán las armas de los zutistes de 1871, cuyo mismo nombre tiene ya una resonancia predadaísta, mientras que, a partir de 1870, los decadentes reaccionarán contra las obligaciones y la materialidad del mundo industrial mediante la huida en lo evanescente, o en lo que entonces se llamaba la delicuescencia. Se podrían seguir multiplicando los ejemplos en Francia y en otros países, pero los ya citados permiten señalar una constante. Cada vez que en la historia ha aparecido en el seno de la juventud una concentración de energías poéticas con el objetivo de lograr un nuevo acercamiento del lenguaje y el pensamiento, este movimiento ha sido acompañado de una rebelión contra el orden intelectual establecido y, muy a menudo, contra el orden moral.

Esta rebelión, casi siempre de carácter individual, se ha manifestado tanto por la escritura, el dibujo y la pintura, como por la actitud, el gesto y el comportamiento. Nerval paseándose por el Boulevard llevando al extremo de su correa, como si fuese un perrito faldero, una langosta; Baudelaire tiñéndose el cabello de color verde. Son actos poéticos cuyo carácter provocador no llega a ocultar su angustia subyacente y que podrían citarse en una antología del espíritu Dadá, antes de su aparición propiamente dicha.

Todas estas formas de agresividad, dirigidas contra la sociedad establecida, se vuelven a encontrar entre las componentes de la actitud y del comportamiento de los poetas dadaístas. Tienen en común su convergencia, casual o premeditada, en dirección al punto paroxístico en el que se produce la explosión de la risa, que, tal como pensaba Baudelaire, puede tener los efectos destructores de una máquina infernal. Como es natural no se trata de una comicidad amable o de una broma inocente, sino de la risa glacial de Melmoth o de Maldoror, arma de doble filo de la que Baudelaire decía soberbiamente: “Y así la risa de Melmoth, que es la expresión más elevada del orgullo, cumple perpetuamente su función, rompiendo y quemando los labios del que ríe”.

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