El arte de las vanguardias: Arte gráfico

Dos campos principales resumen el arte gráfico del modernismo: el cartelismo y la ilustración.

El cartelismo es el más específico. Antes de este período, la realización de carteles se consideraba como un oficio inferior. Quienes, impulsados por una voluntad de implantación social, osaron iniciarlo, fueron los esteticistas que tomaron como ejemplo el cartelismo xilográfico japonés. Así tuvieron origen los primeros carteles de Walter Grane, Aubrey Beardsley y William Nicholson.

En Francia, el iniciador fue Jules Chéret que, tras una estancia en Inglaterra, regresó a su país como adepto del nuevo estilo. Chéret influyó sobre la vocación cartelista de Toulouse-Lautrec, el más completo de los diseñadores de carteles, que desarrolló el criterio de las tintas planas, los grandes trazos ondulantes, la asimetría, la compensación de manchas y la primacía del arabesco. Berthon introdujo un refinamiento camp en esta especialidad, con sus figuras elegantes, sofisticadas, y su decorativismo.

Artistas procedentes de otros países trabajaron también en Francia, como el suizo Grasset, creador de tipos de imprenta nuevos, los más típicos del modernismo, y el checo Alfons-Maria Mucha, el más elegante cultivador del cartel Modern Style, con sus muchachas elegantes erotizadas y sublimizadas a un tiempo, con cabellos ondulantes y joyas decorativas, insertas en un mundo precioso de flores y adornos, rico como un esmalte o un vitral. Fue famosísimo su cartel para Sarah Bernhardt.

En Bélgica, donde Adolphe Crespin había concebido los primeros carteles en cromolitografía en 1887, Privat-Linemont fue el creador del tipo de la mujer flor y Gisbert Combaz cultivó el cartel de gusto más orientalizante.

En Cataluña apareció un grupo nutrido de cartelistas. Entre ellos, Alexandre de Riquer seguía de cerca las novedades británicas y mezclaba lo floral con lo prerrafaelista, lo mismo que Pascó, mientras Ramón Casas, gran dibujante, creaba un tipo de cartel monumental de línea y arabesco, muy paralelo al de Toulouse-Lautrec.

Theodor Heine, en Alemania, representa la versión épica del estilo. En Austria, Franz von Stuck introducía los efectos decorativistas del mosaico.
El libro de arte se desarrolló también a partir del esteticismo británico, especialmente por los esfuerzos de William Morris y sus colaboradores para lograr una perfección artesana en los papeles, los tipos, los grabados y las encuademaciones.

Alrededor de artistas como Morris, si bien Mackmurdo siguió fiel a las formas llameantes de Blake, predominaron los que, como Edward Burne-Jones, cultivaron un aplicado, detallista y decorativista neo-medievalismo, entre lo gótico y Botticelli.

Siguiendo otras vías artísticas, cierto eco de la xilografía medieval se volvió fantástico en la obra de Charles Rickets, a veces orientalizante, y en la de Fairfax Muckley, de un exacerbado preciosismo. Wi lliam H. Bradley llegaba a la síntesis entre lo gótico y lo japonés.

Una vertiente barroquista, hecha de volúmenes y de movidos grafismos, se concretó en Thomas Sturge-Moore y en las lujuriosas acumulaciones de Frank Brangwyn, mientras Arthur Rackham mezclaba fantasía y decorativismo en sus complicadas ilustraciones. La tendencia hacia la simplificación, en contraste, estuvo representada por el arabesco geometrizante y puro de Margaret Macdonald, el sintetismo radical de William Nicholson y la finura intimista de Jessie King.

En Bélgica, Theo van Rysselberghe buscaba las compensaciones asimétricas de lo japonés, mientras Henri van de Velde se ocupaba particularmente de los grafismos abstractos.
En Holanda, donde Richard Nicolás Roland Holst era un típico esteticista a lo británico, Jan Toorop fue el verdadero creador de la ilustración con arabesco japonizante y latiguillos.

En Alemania se produjo la corriente barroquista, que se teñía de preciosismo en Hugo L. Braune, y se hacía brutal, primitivista, en manos de Adolf Münzer o de Leo Putz. El sintetismo radical, como de marquetería, tuvo un fino cultivador en Walter Leistikow. Una especialidad muy alemana, que dio lo más típico al estilo Jugend, fue el grafismo lineal o vegetal curvilinear, de Otto Eckmann, Ludwig von Hofmann, Peter Behrens o Hans Christiansen, con su versión orientalizante en Bernhard Pankok.

La obra gráfica, abundante, del noruego Edvard Munch se sitúa en la vertiente trágica, expresionista, de este cultivador de la línea, pero también de los efectos barrocos de claroscuro en obras como su famosa Madonna rodeada de un marco de espermatozoides. Un injerto de arte popular condiciona la obra de otro noruego, tranquilo y simple, Gerhard Munthe.

El ambiente vienes puso el acento sobre la simplificación eurítmica. Hubo el preciosismo plano de Adolf Bóhm, pero lo general fue el sintetismo arcaizante. Ecos griegos resuenan en el arcaísmo de alguna obra del propio Gustav Klimt, mientras el mimetismo de lo japonés late en los paisajes y en las tipografías de Ferdinand Andri, en las flores de Josef M. Auchentaller, en las composiciones de Koloman Moser, que pone el acento en el arabesco y en piezas maestras de sintetismo fragmentario como los grabados de Nora Exner.
Los checos aportaron el más típico ilustrador de la fantasía erótico-decorativista, Alfons-Maria Mucha, y el radical primitivismo lineal de Josef Váchal.

En el núcleo de Barcelona, también Alexandre de Riquer, Triado, Ramón Casas, tuvieron importancia en el libro y las revistas. Cabe añadir el delicuescente Lluís Bonnin, el más perfecto cultivador de una nerviosa mezcla de linearismo, floralismo y restos de prerrafaelismo; Joaquim Renart, especializado en los Ex-Libris con latiguillo, y Josep Maria Xiró, abarrocado y épico, que dominó los juegos de curvas paralelas.

En Italia se manifestó el preciosismo de Alberto Micheli y el orden geometrizado, secesionista, de Antonio Rizzi, al lado de la tendencia anglicista de Adolph de Karolis. Terzi representó el arabesco purista con que concluía, en todas partes, la historia del arte gráfico modernista.

modernismo

Quinquina Dubonnet, 1895, Jules Cheret.

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