El arte de las vanguardias: La pintura

El movimiento esteticista enlaza, en sus comienzos, con la etapa que preside el modernismo. Obras prerrafaelistas tardías, como El corazón del loto, de Edward BurneJones, de 1880, con su ninfa de cabellos ondulantes, algo botticelliana, durmiendo dentro de una flor de líneas también ondulantes, participan ya de la nueva estética.

También es necesario recordar la acción de Gauguin que desde 1887 se separó del impresionismo para acercarse a la constructividad y que, sobre todo en sus tallas, desarrolló la temática floral y curvilinear; la de Van Gogh, en la etapa llameante del Campo de trigo con cuervos, de 1890, y la de ToulouseLautrec, especialmente en los carteles japonizantes y curvilineares, como el del Diván japonés, de 1892. ToulouseLautrec trató directamente a la inspiradora de la línea serpentina, Loi’e Fuller, de la que hizo dibujos y litografías en el Folies Bergére, en 1893.

Otra corriente que confluyó hacia el modernismo fue la de los simbolistas, como el preciosista Gustave Moreau y el contemplativo y sintético Puvis de Chavannes, cuyo Pobre pescador fue pintado en 1881. De ellos derivaba el arte de Odilon Redon, con su aspira ción trascendente y sus técnicas vibrátiles, temblorosas, de acuarela o de pastel. Redon aspiraba a transmitir sensaciones complejas, sonoridades y perfumes.

Una rigurosa precisión formal, en cambio, determinaba otro tipo de simbolismo, como el del suizo Ferdinand Hodler, cuyas figuras ideales y cuyos elementos de paisaje se agrupaban como piezas de un sabio puzzle arbitrario, en obras como La Noche, de 1890. La suya es una concepción que se complica y alambica en la obra preciosista, pero al mismo tiempo sentimental y erótica, del austríaco Gustav Klimt, que en un principio unía su decorativismo a un modelado realista y que desde 1900 dio carácter solamente plano a sus composiciones, como Las Tres Edades y la Despedida, del Palacio Stoclet, de Bruselas, de 1905, o El Beso, de Viena, de 1907.

Otro gran creador del modernismo fue el noruego Edvard Munch, evocador de situaciones límite, expresadas con grafismos enérgicos y a menudo enamorado de las líneas sinuosas, con uso simbólico de coloraciones arbitrarias. Emotivo, erótico, vitalista como su compatriota Vigeland, se complacía en tomar sus temas, tanto de la vida cotidiana, como de mitos intemporales cual el famoso Grito, de 1893, imágenes de las fuerzas instintivas y de la libertad que Ibsen defendía, pero a menudo con la presencia misteriosa, oculta y venenosa de la mujer fatal. Su Danza de la vida, de 1899, resume esta filosofía, pariente del teatro de Strindberg.

Como creadores de estilo, quizá nadie cuenta tanto como el tardío esteticista Aubrey Beardsley y sobre todo el holandés Jan Th. Toorop, nacido en Java, originariamente seguidor de los prerrafaelistas ingleses, pero que, por influjo de su amigo Van de Velde, adoptó el grafismo del latiguillo para sus composiciones planas, japonizantes, complicadamente místicas, desde la época de Las tres esposas o Tumba, ¿dónde está tu victoria?, de 1892. Con él cabe citar otro holandés, Jan Thorn Prikker, que con su Virgen de la tierra de los tulipanes, de 1890, es también tremendamente curvilinear. El estilo de estos artistas se hieratiza hasta un grado de abstracción superior al de Klimt en la obra de Christophe Karel de Nerée, a principios del siglo XX.

En Bélgica, este hieratismo soñador, traducido a las vaporosidades de Redon, se halla en la obra de Fernand Khnopff, que a veces se acerca a Moreau, como en La Reina, de 1895, siempre místico y decadente. James Ensor, otro belga originalísimo, combinaba la luminosidad impresionista con una visión sarcástica, aunque no menos simbolista, del mundo contemporáneo. Su obra maestra es la Entrada de Cristo en Bruselas, en 1888. En el extremo opuesto, Xavier Mellery daba silenciosas, matizadas, tristes visiones sintéticas de los mitos. Lucien Levy Dhurmer era, en cambio, un pintor enternecido de la vieja tierra flamenca. Felicien Rops, evocador, como dijo Goncourt, de los aspectos más crueles de la mujer contemporánea, en sus visiones sensuales, a veces llegaba a bordear lo pornográfico.

En Alemania, el movimiento encarnó en la Secesión. Uno de los fundadores de la Secesión de Munich fue Franz von Stuck, que se sitúa en la sucesión de Bócklin, en la línea vitalista y misteriosa, que tiene una pieza típica en El seno, de 1893. También derivaba de Bócklin Max Klinger, simbolista por sus temas pero a los cuales desarrolla mediante una técnica que hunde sus raíces en el academicismo y que llega como máximo al modesto sintetismo del Apolo y Dafne, de 1880.

En el modernismo italiano, si Nebbia, en 1898, aparece como influido por Toorop, el gran Segantini cultivaba un simbolismo de técnica minuciosa, como la prerrafaelista, para una temática simbolista germanizante, dentro de un ambiente misteriosamente solitario y crepuscular que sugieren a la vez Puvis y Hodler, en obras como El árbol de la vida, de 1897. En el mismo momento La gorgona de Sartorio evoca claramente a Bócklin. Más tarde, Reviglione y Zecchin parecerán trasuntos de Klimt.

En Rusia, si la pintura de los eslavófilos a menudo se acercaba a lo prerrafaelista, como en el caso de Vasnetsov, otros como Bilibin y Golovin extraían su grafismo del estudio de los iconos y del arte popular.

historia del arte

Gustav Klimt:
Friso de Beethoven II (1902)
Segunda pared
Técnica mixta sobre enlucido, 220 x 1392 cm.
Viena, Secesión.

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