Historia del Arte

El simbolismo – Los nabis

Del mismo modo que todas las tendencias de la poesía y del arte que se imponen con fuerza en un momento determinado, el simbolismo tuvo sus predecesores, y, sin duda, entre los artistas que prepararon su llegada destaca la figura de William Blake.

Es significativo que Blake, poeta y pintor al mismo tiempo, fuera unos de los grandes precursores del simbolismo, movimiento artístico que se desarrollará precisamente tanto en el campo de la literatura como en el de la pintura y que se extenderá por buena parte de Europa y Estados Unidos.

Y para definir los rasgos esenciales de esta concepción del arte nada mejor que los preceptos del simbolismo pictórico escritos por Georges Albert Aurier en el Mercure de France del 9 de febrero de 1891.

Según Aurier, la obra de arte debería ser a un mismo tiempo ideísta, es decir representativa de una idea, simbolista para expresar esta idea en formas, y sintética para proporcionar a estas formas una significación general.

Asimismo, esta creación artística debería ser subjetiva, decorativa y emotiva; debería provocar un estremecimiento del alma. Como se tendrá ocasión de comprobar seguidamente, el anhelo de articular el arte en torno a la idea será el objetivo máximo de los artistas simbolistas.

Más concreta es la aparición del segundo movimiento artístico, el grupo de los nabis, que se originó en la Académie Julián y en Pont-Aven, Bretaña, en los últimos años de la década de 1880. Como una contraposición a los simbolistas, los nabis, que cultivarán la pintura y la escultura, se constituyen al principio como una especie de clan en el que tienen sus propios apodos nabínicos.

Pretenden una pintura en la que progresivamente quedará arrinconado el tema por la búsqueda del arte puro, y para ellos lo importante será la disposición de los planos, la distribución sobre el lienzo de manchas y superficies recortadas, la paleta de tonos puros de restallante intensidad, que pronto atenuarán.

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La mujer con sombrilla de Aristide Maillol (Musée d’Orsay). Este retrato de tamaño real se caracteriza por una ausencia voluntaria de profundidad, con una simplificación de formas típicamente nabi. Óleo sobre lienzo, altura 190cm.; ancho 149 cm.

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