Historia del Arte

Los nabis

En contraste con el simbolismo, que reunía a escritores y poetas y a artistas plásticos, el grupo de los nabis nació de la asociación de algunos escultores y pintores. Tuvo su origen en la Académie Julián y en Pont-Aven, Bretaña, donde Gauguin, orientado a la sazón junto con Emile Bernard hacia el sintetismo, inicia a Paul Sérusier, un joven de 25 años alumno de la Académie», y le incita a la audacia pictórica.

A principios del mes de octubre de 1888, el futuro autor del Cristo amarillo, paseándose por el Bois d’Amour con Sérusier, da a éste una lección haciéndole pintar, bajo su dictado, en una plancha de madera, una evocación libre de un paisaje en el que pueden reconocerse algunos árboles reflejados en el agua; pero ello tratado en superficies bien recortadas, de colores vivos y contrastados. «¿De qué color ve este árbol?», le preguntó Gauguin. «Es verde. Pues ponga verde, el más bello de la paleta. ¿Y esta sombra? Más bien azul. Pues no tema pintarla tan azul como le sea posible.»

Enorgullecido por lo que él llamaba el Talismán, Sérusier corre a llevar la pintura a sus compañeros del taller libre que entonces se encontraba en el Passage des Panoramas. Entre los profesores que venían a «corregir» a petición, estaban algunos pretenciosos y el académico Bouguereau. Sérusier no tuvo dificultad en maravillar a los estudiantes más atrevidos del taller. Se llamaban Paul Ranson, Maurice Denis, Pierre Bonnard y Henri-Gabriel Ibels.

Estos jóvenes pintores, después de haber reclutado para su grupo a Edouard Vuillard y Ker-Xavier Roussel -dos disidentes de la Ecole des Beaux-Arts-, buscan un nuevo medio de expresión. Quedan impresionados por la exposición de los pintores simbolistas y sintetistas que tiene lugar en el café Volpini, y en la cual Maurice Denis participa con el seudónimo de Louis Roy (1889).Toman el relevo del simbolismo y se hacen llamar nabis, es decir, profetas, un nombre que les ha sugerido un poeta judaizante, Casalis, viejo amigo de Mallarmé.

Influidos por el arte de Extremo Oriente, los nabis vuelven a los paneles decorativos, pero de forma muy distinta a como lo hizo Puvis de Chavannes. Hablan de «arabescos», intentan pintar lo que Sérusier denomina «la imagen mental», se interesan por la música, por la teosofía, por las teorías de Edouard Schuré, que publica su libro Los Grandes Iniciados (1889).

Casi todos ellos antiguos estudiantes del Lycée Condorcet, en sus cartas terminan usualmente con la fórmula ETPMV et MP (En ta paume, mon verbe et ma paume) (En la palma de tu mano, mi verbo y mi palma).
Cada mes, los nabis celebran una cena en el «Os á Moélle» de la Impasse Brady. Bonnard y Vuillard se adentran en el mundo de una pintura intimista en la que arriesgan un pincel todavía tímido que busca un arte menos representativo. Sérusier y Denis son los teóricos del grupo.

El 23 de agosto de 1890, Maurice Denis, bajo el nombre de Pierre Louys (pronto tomará el seudónimo de Maud para firmar su pintura), publica en Art et Critique su famoso artículo-manifiesto: «Recuérdese que un cuadro, antes de ser un caballo de batalla, una mujer desnuda o una anécdota cualquiera, es esencialmente una superficie plana cubierta de colores dispuestos según cierto orden».

Equivalía a anunciar el retorno a un arte compuesto, un poco al modo japonés, un arte de sensibilidad y colorido, y proclamar la ruptura con un tema espectacular o trivial. Con ello, se iba a la búsqueda de la pintura pura, cuyo valor, a partir de aquel momento, se determinaría prescindiendo del additurus, de lo que se denominaba la anécdota, es decir, el motivo representado. En consecuencia, el tema es cada vez más simple en la pintura de los nabis, lo cual explica la preferencia de Bonnard y Vuillard por las escenas de intimidad familiar.

Desde 1889, fecha de su Misterio católico, Maurice Denis se mantenía en un simbolismo cristiano y escribía su diario personal con un estilo intermedio entre Gide y Maeterlinck. Mientras tanto Sérusier se hundía en procesiones desiguales de figuras cada vez más estilizadas y con cierto aire bretón.
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El desayuno, de Pierre Bonnard (Musée du Petit Palais, París). Como en toda su obra, este cuadro permite ver que a pesar de que Bonnard abandonó el impresionismo de los inicios de su carrera, mantuvo las diferencias cromáticas en sus cuadros, en los que también se aprecia una disolución total de los objetos en el ambiente. Gracias a él, la tradición impresionista de Monet y Renoir sobrevivió en el tiempo a la revolución propugnada por los fauvistas y los cubistas, e influyó en el pensamiento filosófico de Henri Bergson, «centrado en la explicación de los procesos de la vida interior». Para él, la presencia del objeto era una auténtica molestia, por eso lo primero que se capta en su obra es el tono; después es posible percatarse de que la trama deja traslucir una gran profundidad.

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