Historia del Arte

Vigencia y universalidad del arte naíf

Casi todos los que se acaban de citar han desaparecido, pero el arte naíf continúa abundando en Francia, incluso demasiado, pues los “ingenuismos” intentan a veces dar el pego, lo que constituye una de las contrapartidas del éxito de los naífs. La ingenuidad no basta para hacer a un pintor, y es preciso procurar no confundirla con la torpeza o la puerilidad artificial.
Esta profusión plantea un problema. ¿Cómo citar tantos nombres sin caer en el fastidio de las enumeraciones y sin cometer omisiones injustas? Si somos culpables de olvidos, que nos sean perdonados. Este breve estudio no es exhaustivo. En cambio, sería conveniente consultar el Lexique des Peintres naífs du Monde entier, de Anatole Jakowky, quien escribió con generosidad innumerables prefacios, y la excelente obra de Otto Bihalji-Merin Les Maítres de l’Art naíf, que contiene un conjunto de biografías, sin olvidar los catálogos de las grandes exposiciones.

Antes que arriesgar la horca por delito de omisión, hay que citar a algunos artistas de gran interés. “Quisiera morir acariciando la naturaleza de mi pincel”, decía Emile Blondel, que ha ofrecido cuadros de un exquisito frescor de tonalidades, animados por masas ingentes de pequeños personajes semejantes a santones. Miguel García Vivancos, combatiente español republicano, pintaba con precisión manteles bordados sobre las mesas. Vivancos, admirado por Picasso, amaba el mundo hasta tal punto que abría los costados de los jarrones pintados por él para representar a través de ellos un segundo paisaje. Los tiovivos de sus fiestas giran para los niños de todas las edades.

André Demonchy, que fue ayudante de conductor de trenes, pintó también tiovivos y además circos y paisajes. Su estilo es franco y de singular decisión. André Bretón lo recibió con estas palabras:” ¡Esta vez es la primavera! Este es el concertador de setos, el “golondrinador” de railes, el pintador de fresas”. ¿Cómo no evocar a Déchelette, cuya tarjeta de visita llevaba orgullosamente estas palabras: pintor naíf? Ha ilustrado juegos de palabras con gracia. Los paisajes de Dominique Lagru son de una imaginación sorprendente. El pequeño universo de Mady de la Giraudiére es de una amabilidad que maravilla. El de Gertrude O’Brady reposa en la meditación, el amor; su célebre Escuadrilla de la primavera hace volar en el cielo a parejas de enamorados en aviones floridos. No se debe olvidar a Alexandrine,Trouillard, Desnos, Lucas, Kwiatkowski, Pingon, Fous y a Véronique Filosof, cuyas “maderas” tienen una intensidad singular, sobre todo cuando evocan la Comuna de París.

André Bouquet, Aristide Caillaud y Robert Tatin merecen tratamiento aparte. Si se quiere, son naífs, pero con una preocupación estética constante. Bouquet, que fue vendedor de carne en los mercados, es uno de los más sutiles paisajistas, un poeta lleno de discreción sensible. Son conocidos los autores favoritos de Aristide Caillaud, creador consciente como Rousseau: Racine, Rimbaud y Apollinaire. Lee a los poetas, y Virgilio es su preferido. La obra de Caillaud es un canto lleno de imágenes, una geórgica popular y elaborada. La ingenuidad quizás exista sólo en el tema tratado por él con mayor predilección: la felicidad, una felicidad iluminada por un sol infantil, fiel como los árboles, el cielo, la tierra.

Sería necesario igualmente dedicar un extenso párrafo a Robert Tatin. Este pintor está verdaderamente obsesionado por los misterios del cosmos, que halla de nuevo en el hombre y en la mujer, elementos, a sus ojos del macrocosmos. Tatin habla y pinta al estilo con que cantaban los antiguos bardos celtas. Expresa una aventura interior rica como su vida.

El hecho de que Francia haya sido, gracias a Rousseau y a algunos otros, la reveladora del arte naíf no quiere decir que tenga asegurada por ello su exclusividad. El mundo de los “naífs” se extiende por toda la tierra. Es preciso hablar, por no abandonar Europa, del llamado “milagro yugoslavo”. En torno al gran Iván Generalié se agruparon pintores campesinos que constituyeron “la escuela” de Hlebin. Su “programa” se resumía en una palabra: Zemlia, tierra, y su talento es tan grande que Hlebin es “en arte, el lugar de peregrinaje de la ingenuidad y de la fe”.

Paralelamente, trabajan otros artistas en otros pueblos, como Oparié, en Serbia, o Kovaéica, en Banat. Así se constituyó una admirable pintura campesina, que por otra parte vuelve a encontrarse en Checoslovaquia, en Hungría (justamente orgullosa de las obras de Csontvary-Koszka) y en Rumania. Polonia, que no es menos rica, cuenta con las obras del mendigo sordomudo Nikifor. Todos estos pintores, a los que haría falta añadir otros, como el lituano Schröder-der-Sonnenstern, constituyen, en el Norte y el Este, una imponente cordillera.
En Rusia, Niko Pirosmanachvili, llegado muy joven a Tiflis, la capital de Georgia, ha pintado escenas populares como banquetes y fiestas, y escenas de cuentos. Es un gran pintor monumental, poseedor de una de las más vivas paletas, que prosigue a su modo la tradición de los maestros de iconos.

¿Qué país de Europa no se enorgullece hoy de estos naífs? El suizo Adolf Dietrich (1877-1957) ha dejado retratos de animales, de flores y de hombres, de dibujo preciso y de una fuerza rústica. El belga Louis Delattre (1815-1897) estaba inspirado por visiones extrañas, y sus compatriotas naífs no son menos numerosos que sus vecinos de Holanda. El alemán Paps (1882-1965) definía así su arte: “Podemos quizá representar un rincón de lo que es perfecto, si se dibuja en el espejo puro de nuestra alma”, y, junto con Adalbert Trillhaase, no fue el único en representar el arte naíf en su país.

Habrá que perdonar el no poder citar a todos los británicos, tan numerosos (Lee Cheser, James Lloyd, Patrick Wallis), ni a todos los españoles ni a los escandinavos. De Italia se hará constar un solo nombre, por no poder citar otros, el del sabroso Orneore Metelli (1872-1938). En Grecia, el de Theo-philos Chadzmichail (1866-1934), de Mytilene, que pintó al temple sobre los muros y dejó cuadros de la más sutil luz. En Israel, nombremos al menos a Shalom de Safed (1885-1985), albañil, orfebre y relojero, que encontró a menudo inspiración en los carteles de cine y en libros para niños.

Los naífs son con frecuencia los reveladores del espíritu y de las costumbres del pueblo al que pertenecen. Tal es el caso de los yugoslavos. Del mismo modo, los pintores de Haití unen en sus obras las viejas tradiciones del África de los esclavos (las ceremonias del Vudú de Gérard Valcin y de Chéry) a las de la España católica (escenas del paraíso de Au-guste Toussaint), la observación de la vida (Jack Mel Vital y Obin), la imaginación de los trópicos (selvas vírgenes de Philip Auguste), etc. En esto les imitan los pintores de Cuba, y encuentran en la revolución castrista maravillosos temas.
Este carácter étnico se encuentra de nuevo en el África negra (pronta, por su expresión tradicional, a inspirar a los naífs) y en el África “blanca”. Egipto cuenta con sorprendentes realizadores de tapices. En Argelia, Baya ha merecido estas palabras de André Bretón: “Su misión es la de cargar de sentido a esta bella expresión: La Arabia feliz”. En Marruecos, Ahmed Luardini, entre otros, es el suntuoso evocador de un Oriente de ensueño. En Túnez, como en todos los países árabes, habría que mencionar muchos nombres.

Los naífs de Estados Unidos (país del experto en pintura “naíf” Sidney Janis) son de ayer y de hoy. A pesar de las obras notables producidas a fines del siglo XVII y durante el siglo XVIII, debidas en particular a aquellos que recibían la denominación de lim-ners, fue al siglo XIX al que se debió la aportación más considerable. Como oportunamente ha indicado Jean Chatelain: “El artista naíf se define en Europa en relación con los que no lo son. En América, desde hace 150 años, este término de comparación no existe, o juega un papel secundario. Los pintores no se sitúan en la frontera del arte consagrado o de la buena sociedad. Estos son sólo precursores, testimonios algo torpes, pero sin complejos, de la sociedad americana de su tiempo”.

En aquella época, los granjeros, alejados de las ciudades, debían producir su utillaje, construir sus casas y decorarlas. Para ellos era importante conservar el recuerdo de sus familias, y de ahí la abundancia de retratos precisos (Retrato de mujer, hacia 1840, colección Garbisch; La familia Sargent, hacia 1800, National Gallery, Washington; Retrato de Jonathan Bentham, hacia 1710, en el mismo museo). Se complacían en representar escenas evangélicas (El reino de la paz, hacia 1839, colección Garbisch), escenas históricas (Washington pasando revista a su ejército en Fort Cumberland, Metropolitan Museum, Nueva York) o paisajes idílicos.

La obra de los pintores naífs estadounidenses manifiesta su alejamiento de los modelos europeos, consecuencia de la Independencia. Sus caracteres principales son el humor y una sinceridad sin subterfugios. La observación, la experiencia y el empirismo, tan necesarios a los pioneros, se reflejan en ella lo mismo que la confianza. Muchos pintaban no por “dilettantismo”, sino para ganarse la vida. Así, hacia 1856, Joseph H. Davis, recorría las campiñas en busca de encargos.., Y, para atraer mejor a los clientes con una prueba de destreza, añadía a su firma: ¡Pintado con la mano izquierda! W. Mathew Prior hacía su publicidad del siguiente modo: “¡Precios reducidos para perfiles y retratos de niños!”.

Han llegado hasta hoy los nombres de algunos artistas, a pesar del gran número de pintores que han permanecido en el anonimato: Joseph Whiting Stock (1815-1835), que llevó un diario de su trabajo; Maiy Ann Wilson (hacia 1825); Linton Park Hicks (1780-1849); Chandler (1747-1790); Moulthrop (1763-1814); Hathaway (1770); Peale (1749-1831); Erasmus Field (1805-1900), de inspiración fantástica; Chambers (1808-1865); W. H. Brown (hacia 1826); R. Costa, que pintó sobre todo la caza de la ballena… ¿No se podría decir que el popular art de ayer anunciaba al Pop Art de hoy?

Otros tomaron el relevo, y en Europa es muy conocida Grandma Moses (1860-1961), que empezó a pintar a los 70 años y afortunadamente murió más que centenaria, casi pincel en mano. Sería también necesario nombrar a John Kane (1860-1934), que fue minero en Pittsburgh y obtuvo el premio Carnegie, y a Vivían Ellis (nacida en 1931), poetisa de sus recuerdos de infancia en Luisiana, y a Joseph Pickett, Horace Dippin, y… El conjunto de los naífs estadounidenses es uno de los más ricos.

Morris Hirschfield nació en 1872 en un pueblo de Polonia en el que esculpió estatuas para el templo local. Emigrado a Estados Unidos en 1890, estableció allí una fábrica de zapatillas. En 1936, gravemente enfermo, se retiró del comercio y decidió pintar. Su inspiración es extraña, obsesa, onírica. Murió en 1946.

El arte naíf no concierne sólo a la pintura, como se tiene demasiada tendencia a creer. Hay escultores que contradicen esta opinión frecuente, como el francés Abbé Fouré y los yugoslavos Zivkovic, Smajic, Stanisavlevié y Kreca sin olvidar a Erich Baedeker. Su santo patrón podría ser el factor francés Fernand Cheval (1836-1924). En el transcurso de sus viajes por el departamento de Dróme, recogió piedras de formas curiosas y construyó con ellas, trabajando durante 45 años, su “palacio”, monumental sueño petrificado.

Esta visión global, esta nomenclatura, tan incompleta sin embargo (el croata Fejes o el yugoslavo Rabuzin), permiten quizás apreciar la difusión, la importancia del arte naíf en el mundo actual. Si llama la atención de una manera tan general es sin duda porque responde a necesidades profundas que el arte tradicional y el arte contemporáneo no siempre satisfacen. Es verdad que los naífs no siempre carecen de cierto sustrato de influencias, pero las integran en una visión personal del mundo. Generalmente pobres, o de modesta condición, este punto de vista es su riqueza, su revancha, su libertad.

Solitarios, figuran como “no asimilados”en una sociedad constructiva, más o menos totalitaria. Para ellos, desaparece la distancia entre la realidad y la representación que dan de ella. Como se ha escrito, dominan por la poesía las antinomias de la realidad, proporcionando así el feliz sentimiento de una reconciliación de los contrarios, la alegría de una unidad recobrada en una suerte de Grecia.

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