Historia del Arte

El arte olmeca y su difusión

Muchos cambios decisivos van a ocurrir en otras regiones del antiguo México a partir del período preclásico medio (1300-800 a.C), fecha que marca la aparición de una cultura mucho más avanzada en la región olmeca, localizada en el golfo de México, al sur de Veracruz y al norte de Tabasco. Con los olmecas surge, por primera vez en la América precolombina, la gran escultura en piedra, así como la talla de piedras finas, como el jade o la serpentina.

No hay que perder de vista, sin embargo, el que sólo se contaba, para labrar y pulir la piedra, con cinceles y otros utensilios del mismo material, aparte de las enormes dificultades que había que vencer para extraer pesados y voluminosos bloques de piedra en canteras muy distantes, y luego acarrearlos mediante plataformas de madera, cuerdas y rodillos, hasta el lugar elegido para esculpirlos.

Los resultados alcanzados por los olmecas no reflejan desde luego aquellas dificultades, y las cabezas colosales de San Lorenzo, La Venta y Tres Zapotes, muestran desde las fechas más tempranas una madurez estética verdaderamente sorprendente.

Junto a las cabezas colosales que presentan una faceta del arte olmeca, se esculpen altares, estelas y otras obras de grandes o pequeñas dimensiones, en las que se advierte otro aspecto aún más frecuente entre los olmecas: el de los rasgos indígenas combinados en mayor o menor grado con elementos de carácter felino. En efecto, numerosas esculturas olmecas nos hablan del culto a un ser mítico, hombre-jaguar, y este culto se refleja en todas las gamas imaginables de humanización del jaguar o de felinización del hombre.

Del chamanismo de las aldeas agrícolas del principio, se pasa a una concepción mítica que antecede a la religión propiamente dicha. Además, con los olmecas se asiste por primera vez a una gigantesca labor de edificación de plataformas y basamentos elevados hechos de tierra compactada, integrando los primeros “centros ceremoniales” elaborados del México prehispánico.

La regularidad en el trazo, así como la importancia de algún eje principal orientado de acuerdo con los puntos cardinales, permiten suponer que ya existen las preocupaciones por la observación astronómica -y tal vez por la medición del tiempo-, preocupaciones que se pueden ver cristalizadas más adelante en los asombrosos cálculos siderales y en el ingenioso sistema de datación de pueblos como el maya.

Pues los adelantos culturales logrados por los olmecas van a transmitirse en muchas áreas del antiguo México, durante el milenio que precede nuestra era.Y de este rico fermento cultural surgirán las grandes teocracias del período clásico, en casi toda aquella área que se conoce hoy como “Mesoamérica”y que no sólo abarca gran parte del actual México, sino también hasta Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador, en América Central.

Salvo la zona occidental de México -de la que ya se ha hecho referencia-, el último milenio antes de nuestra era representa para Mesoamérica una importante fase de transición en que, sobre el trasfondo de influencias olmecas -verdadera cultura madre-, empiezan a gestarse las bases de ulteriores culturas, cada una con su personalidad y su trayectoria propias.
Uno de los más destacados focos de esta época es la región de Oaxaca, en donde ya aparecen -por primera vez en Mesoamérica- algunas representaciones de deidades claramente identificables, y cuya evolución habrá de perdurar por espacio de unos dos milenios en el arte de Monte Albán.

Es ahí también donde parece desarrollarse el primer sistema -aún primitivo- de escritura glíptica. Mientras tanto, surgen al sur de la zona maya otros importantes focos, como Izapa y Kaminaljuyú, cuyo arte constituye una transición entre lo propiamente olmeca y aquello que más adelante podrá identificarse plenamente como maya. Y en el valle de México, el gran basamento escalonado de Cuicuilco anuncia con su monumentalidad a la futura Teotihuacán.

Así, durante estos últimos siglos que anticipan nuestra era, se ha venido operando una profunda metamorfosis en la estructura de muchos pueblos aldeanos. Y en esta fase decisiva han sido elaborados numerosos factores culturales comunes a toda Mesoamérica: la preponderancia de los “centros ceremoniales” con sus edificios dispuestos de acuerdo con alguna orientación particular, sus plazas integradas por plataformas, escalinatas y pirámides escalonadas, sus canchas destinadas al juego ritual de pelota y su arquitectura funeraria; la jerarquización social en torno a una estructura marcadamente teocrática y la consiguiente creación de un complejo panteón de dioses así como de un ceremonial muy elaborado; el empleo simultáneo de dos calendarios: el solar, de 365 días, y el ritual, de 260 días; el desarrollo de un principio de numeración de base vigesimal y de un sistema de escritura glíptica.

Sobre estas bases comunes se van a levantar las grandes culturas clásicas, tales como la teotihuacana, la zapo-teca, la totonaca y la maya, cuyo esplendor clásico se sitúa aproximadamente -con algunas diferencias en el tiempo- dentro del primer milenio de nuestra era.

Para simplificar este breve panorama del arte prehispánico mesoamericano, se analizará a partir de ahora el arte que se produjo en cada una de las cuatro principales áreas del antiguo México desde los principios del período clásico hasta la conquista española: el altiplano central, la zona de Oaxaca, la del golfo y por último la inmensa zona maya, marcando en cada caso las principales fases de desarrollo cultural y artístico así como también las influencias ejercidas por otras regiones.
méxico precolombino
Cabeza colosal de la civilización olmeca, en el parque arqueológico de La Venta (Villahermosa). Es sin duda una de las más famosas muestras del arte precolombino de México. Se ha dicho que representan sacerdotes engendrados por el dios jaguar que gobernaron teocráticamente en diferentes períodos las ciudades olmecas. Ésta que vemos se halla en Tabasco.

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