Xochicalco

Un sitio que refleja con bastante claridad los cambios que ocurren a finales del período clásico -y anuncia en cierta medida el siguiente período- es Xochicalco, en el valle de Morelos, cuyas ruinas ocupan una impresionante sucesión de terrazas artificiales que le dan un aspecto de acrópolis semifortificada. Esta antigua ciudad de Xochicalco está situada prácticamente a 100 kilómetros de la capital del país y su ubicación no es casual, pues era el lugar idóneo para controlar posibles ataques por parte de pueblos vecinos.

No pocas discusiones generaron las ruinas de esta ciudad durante las primeras décadas del siglo XX, pues hasta que no se procedió a limpiarlas en profundidad, tarea que se inició en la década de 1930, sólo se podía distinguir, en aquellos lugares en los que la vegetación lo permitía, algunos relieves que mostraban una apariencia vegetal. Por ello, la ciudad fue bautizada con el nombre de Xochicalco, que en azteca significa «lugar de las flores».

Aunque, a la vista de posteriores descubrimientos, esta denominación fue algo prematura, ya que cuando finalizaron las tareas de limpieza de las ruinas se puso de manifiesto que no eran motivos vegetales lo que escondían los montículos de tierra bajo los que estaban las construcciones sino el relieve de una serpiente listada que comenzaba con una cabeza barbuda y que finalizaba con cascabeles y crótalos.

Asimismo, las ruinas de Xochicalco han descubierto unos relieves extraordinariamente ricos, entre los que destacan, aparte de la citada serpiente, las figuras de unos personajes sentados, algunos de los cuales dan la impresión de ser sacerdotes quizá rezando mientras que otros parecen ser, así lo dan a entender sus ropajes, guerreros. Esta interpretación es altamente probable pues se ha podido constatar que en la sociedad de Xochicalco tenían gran importancia el estamento militar así como los dirigentes religiosos.

Lejos de ser una ciudad prácticamente autárquica y aislada del devenir del resto de ciudades-estado, como era, por ejemplo, Teotihuacán, Xochicalco se muestra como una verdadera encrucijada de culturas.

Así, presenta en sus inscripciones una conjunción de elementos que se relacionan con casi todas las tradiciones existentes en Mesoamérica durante el final de la época clásica, y que anticipan además algunas de las corrientes posclásicas como son la mixteca y la náhuatl.

Aparte de las comprensibles influencias teotihuacanas y de las otras áreas circundantes, Xochicalco muestra fuertes ligas con los mayas, como lo reflejan, por ejemplo, algunos de los relieves del templo de las Serpientes Emplumadas, sin duda el más representativo de esta ciudad, o la famosa cabeza muy estilizada de una guacamaya que hoy constituye uno de los orgullos del Museo Nacional de Antropología de México.

Por otra parte, Xochicalco parece haber introducido, por primera vez en el altiplano mexicano, la costumbre de edificar para el juego de pelota una de esas típicas canchas cuya planta conforma una «I», elemento muy frecuente desde muchos siglos atrás en regiones como la zapoteca y la maya, pero que no existió en Teotihuacán (cuya modalidad de juego de pelota era diferente). Ello supone, además, otra prueba del carácter militar de la sociedad de Xochicalco pues la práctica del juego de pelota exigía la participación de personas en muy buen estado físico y además estaba considerado como un juego muy adecuado para el entrenamiento militar.

Hay que observar que esta cancha será adoptada casi sin ningunas modificaciones por los constructores de la ciudad de Tula, la capital tolteca cuya fundación, hacia el año 968 de nuestra era, marca el comienzo del llamado período «posclásico» mesoamericano.
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Pirámide de las serpientes emplumadas, en Xochicalco. Detalle de la decoración en la que aparece la serpiente Quetzalcóatl, ser mítico de cuya boca sale la palabra.

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