Notas de Arquitectura
Técnica y construcción
El hierro hubiera podido continuar la carrera hacia la diafanidad absoluta, pero la técnica de su manipulación constructiva no estaba experimentada en el siglo XIII. Las catedrales crecían en altura mientras perfeccionaban el sistema estructural; sólo se detuvieron en bóvedas elevadas a unos cincuenta metros sobre el suelo, cuando el conocimiento estructural había entrado en un callejón sin salida. Las crónicas recogen descripciones de apocalípticos derrumbamientos de bóvedas que transgredían su altura lógica. El Gótico no se detuvo por prudencia, como lo habría de hacer el Renacimiento, sino por la experiencia del fracaso; pero la locura de sondear las posibilidades de la piedra hasta el límite es uno de los ejercicios técnicos más notables de la historia.
El Renacimiento no construyó para sobrepasar al hombre, sino para darle un marco armonioso que reflejara la grandiosidad espiritual de la Antigüedad sin llegar a repetir el tamaño colosal de su arquitectura. La construcción se dedicó a sistematizar las estructuras y el uso de los materiales tradicionales, poniéndolos al servicio del diseño y de la racionalidad espacial. A pesar de las anécdotas que pretenden reflejar una competición entre las grandes cúpulas del clasicismo, es evidente que llevar un sistema estructural hasta el límite de sus posibilidades es algo que no tentó nunca a los arquitectos renacentistas.
Los sistemas estructurales que el Renacimiento utilizó se basan en las formas continuas, muros, bóvedas y cúpulas, de masas más ligeras que las de Roma; en las estructuras adinteladas, decorativas o no, y en el uso combinado de columnas y cubiertas abovedadas. Los materiales que constituyen los edificios renacentistas habían sido ya experimentados por Roma y por la Edad Media: muros y bóvedas de manipostería y de ladrillo, mejorando su comportamiento a partir de la regularidad y la disposición más cohesiva; muros de sillería, en las ocasiones en que se quiere mostrar la piedra tallada regularmente, y fustes de columnas en piedras bellamente trabajadas. Así mismo se utilizó el revoque y el aplacado sobre muros bastos con piedras y mármoles, pero con más comedimiento que en la Antigüedad romana. La arquitectura de la cultura clásica estuvo definida por el triunfo del diseño y el uso cada vez más científico de las técnicas ya experimentadas en el pasado; fueron épocas constructivamente conservadoras. El desarrollo gótico de los esqueletos de nervaduras y líneas de fuerza encontró finalmente su aliado perfecto en un material nuevo para la construcción: el hierro. El siglo XIX estuvo ya en condiciones de obtener distintas formas del hierro manipulado para su uso en estructuras. Los ingenieros, en primer lugar, y los arquitectos, más tarde, investigaron y probaron las posibilidades constructivas del nuevo material, asociado siempre a la idea de retícula estructural. La retícula fue el concepto de estructura prevaleciente junto con el hormigón armado; es la forma estructural que más se acerca a la aspiración de conseguir el mayor espacio cubierto con un menor derroche de energía.
Las primeras estructuras metálicas estaban asociadas al uso del arco como sistema de cubierta y a la sucesión de arcos que se soportan mutuamente. Mercados, estaciones y puentes recuerdan viejos esquemas basilicales que se hubieran desmaterializado. Pero también el hierro consiguió mejorar el sistema adintelado, al permitir construir con él vigas de gran canto y de poco peso. El hierro hizo posible la carrera de progreso y la colonización industrial del mundo en muy breve tiempo; también hizo posibles los primeros edificios urbanos de gran altura que aparecieron en América, donde el suelo alcanzó pronto un valor desorbitado. En Chicago, los primeros rascacielos reanudaron, a finales del siglo XIX, el camino de crecimiento en altura de las catedrales, aunque siguieron cubriendo sus estructuras de acero con murallas pétreas ornamentadas con el lenguaje de los estilos arquitectónicos. El Modernismo combinó con sabiduría la piedra, el ladrillo y el hierro, sus fuerzas constructivas y plásticas. Los constructores modernistas, enamorados tardíos de las culturas populares y medievales, como lo había sido la literatura romántica, rescataron al ladrillo de su confinamiento en la humildad absoluta. La sinceridad constructiva del Gótico fue tomada como modelo en estas obras. Mies van der Rohe ofreció a la estructura metálica la imagen moderna que todavía no había encontrado en arquitectura. Entendió definitivamente que la esencia del acero era dar diafanidad al espacio que envolvía, y que solamente aislándolo de la piedra se podían explotar sus recursos: la compartimentación del espacio por planos no estructurales, completamente libres de cargas, delicadamente aislados de la estructura, y construidos con materiales que van desde la madera hasta las piedras semipreciosas. La casa de cristal, o casa Farnsworth, construida en 1950 en el estado de Illinois, es la pieza maestra de este concepto estructural; es una burbuja habitable en la naturaleza. A partir de Mies, los rascacielos pudieron convertirse en monolitos de cristal, sostenidos por un alma ligera, de apariencia casi inmaterial. El último logro estructural de la arquitectura que ha quitado protagonismo al hierro en este siglo ha sido el uso del hormigón armado.
También este avance es fruto de una alianza: la del hierro y el hormigón, es decir, la de uno de los últimos materiales utilizados en construcción con otro de los más antiguos. El hormigón moderno es distinto en composición a la argamasa romana, aunque básicamente es la misma asociación de materiales granulares, agua y cemento. La armadura de hierro permite la estilización máxima de los elementos de hormigón, pilares, vigas y, ocasionalmente, arcos. La idea básica vuelve a ser la retícula estructural. A finales del siglo del hierro se construyeron los primeros edificios en hormigón armado, y en los primeros años del siglo XX, de la mano del arquitecto francés August Perret, estas estructuras empezaron a descubrir sus posibilidades estéticas y dejaron de esconderse.
El hormigón armado es la materia con la que experimentan las formas de la arquitectura moderna. El hormigón no podrá nunca competir en diafanidad con el hierro, pero la presencia de su materia, la imagen de su volumen y su textura son esencialmente arquitectónicos. La perfección de las últimas construcciones reticulares de hormigón del arquitecto Pier Luigi Nervi adoptan la belleza de los esqueletos de líneas regulares, mostrando el recorrido de las fuerzas arquitectónicas sin prescindir de la contundencia material. Quizá por esta razón la modernidad ha preferido el hormigón armado, porque sentía y temía que la materia se le escapara de las manos.
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Catedral de Santa María diseñada por el arquitecto Pier Luigi Nervi en 1971. (San Francisco, Estados Unidos) |
