La capitales persas
Después de los trabajos de Flandin, otra comisión francesa, la de M. Dieulafoy, estudió en 1885 las ruinas y publicó las interesantes fotografías que hasta principios del siglo XX fueron el principal elemento de estudio para el arte persa. Asimismo, ésa no fue la única aportación realizada por Dieulafoy al estudio del arte persa, pues sus excavaciones le llevaron a desvelar más secretos arquitectónicos que permanecían desde 2.500 años atrás esperando bajo la tierra. Además de Persépolis, Dieulafoy descubrió también otro edificio real del mismo carácter en Susa, la capital del antiguo Elam, donde los monarcas persas tenían también un palacio.
Y el mismo tipo de sala real persa, llamada apada-na, que se analizará en el siguiente apartado, dedicado completamente al palacio de Darío en Persépolis, se encuentra también en las ruinas de la famosa residencia de Susa, donde el Gran Rey tenía su corte durante el invierno. Susa, una de las más antiguas ciudades de la vieja Asia, había sido la primera capital del Elam, anterior de la hegemonía mesopotámica. Dominada sucesivamente por Caldea y por Asiría, los persas la ocuparon ya en sus primeras campañas de expansión, y sobre las antiguas ruinas en ella existentes construyó su palacio Artajerjes II (405-358 a.C).
La planta es la establecida en los palacios persas, aunque en Susa el material principalmente utilizado es el ladrillo. Tan sólo para la columna y el capitel, los escultores de la apadana de Susa emplearon la piedra caliza; todo lo demás es de ladrillo cocido y esmaltado, y de allí provienen los más espléndidos ejemplares de la cerámica vidriada antigua: los llamados "arqueros de Susa" o friso de "Los Inmortales", trasladados por Dieulafoy al Louvre. Susa está situada en la pendiente de las montañas persas, bastante próxima aún para ofrecer toda clase de seguridades, y al mismo tiempo, más céntrica para dirigir desde ella el gobierno de las provincias de Asia y mantener relaciones diplomáticas con Egipto y Grecia.
Las embajadas y los sátrapas o los gobernadores iban a Susa para tratar con el omnipotente monarca oriental; en Susa pone Esquilo la acción de Los persas; en esta misma ciudad coloca también la del conocido episodio del regreso de los vencidos de las guerras Médicas, y en Susa, finalmente, se concertó la paz con Grecia.
Él edificio de Susa ofrece la curiosa circunstancia de estar más influido de las vecinas construcciones asirías: su fábrica es de ladrillo; hasta los mismos toros alados de las puertas están hechos con piezas esmaltadas. Sólo las columnas y los capiteles son de tipo persa, como en Persépolis. La columna persa, que no tiene precedentes en ningún otro estilo, es mucho más alta y esbelta que la egipcia; su proporción indica acaso un primer origen de un soporte de madera. La basa es de forma acampanada, como enorme flor invertida, sin precedentes en Asia ni en Egipto. El fuste tiene estrías, pero más numerosas que en la columna griega, y encima descansa un grupo originalísimo de volutas combinadas, con dos toros fantásticos o unicornios, que sirven de cartelas para sostener las vigas de la cubierta. Entre los dos monstruos, en el espacio que media del cuello a las grupas, se apoyan las vigas transversales. Una sola mirada a la fotografía del capitel de Susa, expuesto en el Louvre, dará de él mejor idea que todas las descripciones. Imagínense el maravilloso efecto que produciría una sala como las de Persépolis, con sus cien columnas altísimas, rematadas con estos capiteles singulares.
En los palacios persas se combinan elementos del arte de Egipto y de Lidia con la construcción y los materiales cerámicos de Mesopotamia; pero lo que caracterizaba aquellos edificios era la manera de estar dispuesta la cubierta, seguramente de material leñoso. Encima de los toros de los capiteles descansaba un entramado de madera, formando casetones. Base para la restauración de la cornisa es el entalle, que aparece en las jambas y en los machones de piedra con que terminaban las columnatas. Pero sirve también muchísimo la representación del edificio o palacio esculpida en las fachadas de las tumbas reales.
En Persia, los muros de los edificios principales de los palacios estaban hechos de adobe, mientras que los cimientos, las columnas, los pórticos y los pedestales eran de piedra. Probablemente para los suelos se utilizó la madera. El recinto sagrado estaba formado por un patio en cuyo interior se alzaban dos altares y una tribuna escalonada de forma rectangular. La torre era una gran estructura hecha de piedra.
Por otro lado, cabe destacar que durante el esplendor de la dinastía aqueménida Susa y Persépolis fueron las ciudades donde los talleres de orfebrería fueron más importantes. Se han encontrado numerosos elementos que podrían conformar un ajuar funerario. Son piezas realizadas en oro y plata, que muestran gran variedad, tanto de formas como de influencias, como las asirías o las escitas. La impronta aqueménida se nota sobre todo en las decoraciones de animales fantásticos, como los toros alados o los leones.
Destacan por su gran valor, el tesoro de Oxus (conservado en el British Museum de Londres), el de Ziwiye o el de Ecbatana. Se cree que el tesoro de Oxus fue enterrado hacia el año 200 a.C. y no fue encontrado hasta 1877. La abundancia de joyas, como
brazaletes, anillos, pendientes, nos hace pensar en una producción seriada. Asimismo se incrustaba oro en piedras preciosas. En otras piezas ha encontrado un tipo de representación animal muy presente en el arte iraniano; se trata de las figuras zoomórficas enfrentadas, en los extremos de las asas de los recipientes y en los brazaletes abiertos. Otro elemento que se encuentra con mucha abundancia es el ritón o vaso ritual, que generalmente se fabricaba de oro.
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Palacio de Darío, en Persépolis. Las ruinas de esta palacio se hallan detrás de la columnata de la sala hipóstila. Se trata de la residencia de Darío construida en ladrillo secado al sol. Como se puede ver, solamente subsisten las puertas en piedra que tienen como remate la característica gola invertida o moldura egipcia. |
