El genio escultórico de Miguel Ángel (I)

Condivi era también un espíritu sencillo, digno, incapaz de disimular ni exagerar los hechos. Hijo de un propietario rural acomodado, Condivi marchó a Roma en su juventud y allí intentó iniciarse en el arte bajo los consejos de Miguel Ángel. La muerte de su padre le obligó a regresar a sus tierras para cuidar del patrimonio, y entonces, con la nostalgia de su vocación truncada, compuso Condivi la biografía de su maestro, enlazándola con los recuerdos de las conversaciones que con él había sostenido en Roma. Vasari, como ya hemos dicho, se aprovechó del librito de Condivi; todos los demás escritores de la vida de Miguel Ángel tendrán que ir a beber en aquella primera fuente. De ella puede decirse que es la única de primera mano.

Otro libro también contemporáneo, menos importante, por el que algo nuevo se puede conocer de los pensamientos de Miguel Ángel, es el que publicó un discreto hidalgo portugués, Francisco de Holanda, que había ido a Roma por encargo del rey Juan III de Portugal y que acaso por su condición de diplomático extranjero fue admitido en la intimidad de los coloquios de arte que sostenían Victoria Colonna y Miguel Ángel. Con todos estos datos, cartas, biografías y poesías, y los documentos de archivos, resulta hoy fácil reconstruir sin grandes errores la vida de Miguel Ángel.

Condivi lo describe como de estatura mediana, ancho de espaldas, aunque ligero en sus movimientos; los ojos claros, de color cerúleo; la nariz aplastada por un golpe recibido en su juventud (parece ser que esa deformación fue debida a un puñetazo del escultor Pietro Torrigiano, dado en el calor de una discusión). El padre de Miguel Ángel era castellano de Chiusi, en Casentino. Allí nació Miguel, y allí transcurrió su infancia. Trasladado su padre a Florencia, pasó el hijo al taller del pintor Granacci, pero su verdadera escuela fue el jardín de los Médicis, donde éstos habían reunido mármoles antiguos e instalado una especie de academia para los jóvenes que manifestaban aptitudes para el arte.

Dicho jardín, que todavía hoy se conserva algo transformado, está cerca del convento de San Marcos. Allí acudía Lorenzo de Médicis a platicar con sus artistas protegidos. Pronto Miguel Ángel llamó la atención de su mecenas al esculpir una cabeza de fauno; y adivinando aquél las excepcionales facultades del muchacho, que entonces sólo tenía quince años, llamó a su padre para ofrecerle algún destino a cambio del joven, que lo pedía para sí. El padre fue empleado en las aduanas y Miguel estuvo dos años en casa de los Médicis, tratado como un hijo. «Lorenzo de Médicis -dice Condivi- lo llamaba varias veces al día para enseñarle joyas, medallas y corniolas antiguas, para formar su gusto y buen juicio». A propuesta de Poliziano, uno de los humanistas amigos de Lorenzo, hizo Miguel Ángel un relieve con la batalla de los centauros, que en su vejez todavía recordaba con orgullo, diciendo, al verlo, que le dolía no haberse dedicado exclusivamente al arte de la escultura. Aquel mármol debía de recordarle también su juventud, los cortos y bellos días de su aprendizaje al lado de Lorenzo el Magnífico.

Poco después de la muerte de Lorenzo comienza realmente la vida de Miguel Ángel, con sus tempestades y dolores. Temiendo por anticipado la revolución que había de expulsar a los Médicis de Florencia, marchó a Bolonia en 1494, donde esculpió un ángel para completar el conjunto de la urna de Santo Domingo de Guzmán.

Regresado a Florencia por corto tiempo, pronto salió de ella para Roma por primera vez, y durante esta estancia en la Ciudad Eterna, entre 1496 y 1501, labró el grupo marmóreo de la Piedad, que después de varias traslaciones está hoy en una capilla del Vaticano. Este grupo es de maravillosa belleza. Miguel Ángel, celoso de su obra, labró su nombre en la cinta que cruza el pecho de la Virgen. Hablando un día a Condivi sobre la juventud de esta Divina Madre, dijo las siguientes palabras, que aquél consigna textualmente: «La Madre tenía que ser joven, más joven que el Hijo, para demostrarse eternamente Virgen; mientras que el Hijo, incorporado a nuestra naturaleza humana, debía aparecer como otro hombre cualquiera en sus despojos mortales».
arte del renacimiento
Baco de Miguel Ángel (Museo del Bargello, Florencia). La primera obra monumental del italiano fue esta infrecuente incursión por parte de Miguel Ángel en los temas paganos. En la imagen, se aprecia la voluptuosidad y extasiado gozo de la mitológica figura.

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