La generación de la gracia (I)

Esta tesis resulta convincente si se contempla el amplio ciclo escultórico que desarrolló, a partir del año 1450, en el templo Malatestiano de Rímini, en el cual sus figuras de ángeles, sustancialmente anticlásicas y dibujadas con un sinuoso decorativismo preocupado por obtener superficies preciosistas, contrastan con mucha brusquedad contra el intelectualismo duro y severamente romano de la arquitectura de León Bautista Alberti que ya ha sido recogido en un capítulo anterior.
El largo friso de relieves, realizado entre 1456 y 1461, para el Oratorio de San Bernardino, en Perugia, y sus Madonnas en mármol (Louvre, Victoria and Albert Museum, Opera del Duomo de Florencia) o en terracota policromada (Bargello de Florencia) permiten estudiar esta reelaboración de formas tardorromanas y altomedievales, conseguida mediante ritmos lineales sinuosos y extremadamente nítidos, que proporcionan a Agostino di Duccio su encanto particular e inimitable.

Mino da Fiesole (1429-1484) no es un maestro radiante, como el gran Agostino di Duccio, pero en las ornamentaciones puramente decorativas de sus sepulcros, pulpitos y balaustradas produjo algunas obras admirables. Sus cartelas y frisos con rizos de vid y palmetas finas, en bajo relieve, son de una dulzura de sentimiento que nunca cansa. Mino labra el mármol como si fuera marfil, con tal finura, que el mármol parece a veces cera. Las manos, en especial, son de exquisita belleza.

El estilo plano, sutil y refinado de los escultores cuatrocentistas florentinos nunca alcanza a hacerse amanerado. Son delicados por convicción. Cuando quieren revelar la presencia de un alma, especialmente en los relieves femeninos, lo consiguen. Este aspecto se refleja, hacia 1475, en los retratos que otro escultor, no florentino, Francesco Laurana, realizó de las princesas de la corte de Nápoles. Francesco Laurana era dálmata, de Zara, y realizó una carrera cosmopolita en Nápoles, Sicilia, Marsella y Aviñón. Sus retratos de las princesas napolitanas de la casa de Aragón (Leonor, en el Museo de Palermo y Beatriz en el del Louvre) son obras maestras en las que la síntesis formal lleva su mano por el camino de la creación plástica abstracta.
Los decoradores florentinos no sólo ejecutaron sus obras en piedra caliza y mármoles, sino incluso en bronce, como Donatello y Verrocchio. Uno de ellos, llamado Antonio del Pollaiuolo, se trasladó a Roma en 1489 con su hermano Pedro, también escultor y pintor, para labrar los monumentos sepulcrales de Inocencio VIII y Sixto IV. Es un artista de extrema sensibilidad, algo enfermiza. El nerviosismo que apuntó ya en algunas obras de Donatello se agrava en Pollaiuolo, desde sus primeras producciones como orfebre, técnica a la que regresó en plena madurez al realizar el relieve de plata representando el Nacimiento del Bautista, en 1478. Este altar, labrado antes de su viaje a Roma, estaba destinado al baptisterio de Florencia.

En algunas de las obras de este artista la expresión desempeña un importante papel, sobre todo en las esculturas realizadas en escasas dimensiones. Porque varios artistas toscanos, o aun de otras regiones del centro y norte de Italia, empiezan por entonces a modelar obras de tamaño reducido, dando con ello origen a una tradición que, a fines del siglo XV y a comienzos del siguiente, tendrá su más caracterizado representante en el paduano Andrea Briosco apellidado Riccio, autor de pequeñas figuras broncíneas de animales y de desnudos modelados al estilo etrusco.
Es natural que una sociedad como la de la Florencia de mediados del siglo XV, que con pasión verdaderamente romántica sentía el espejismo de la antigüedad, aspirase a dejar marcada, en todas sus manifestaciones plásticas, la impronta antigua.

Tal afán de emulación del arte antiguo llegó a ser algo tan arraigado y tan natural, entre los italianos que entonces vivían en la Toscana, que es dado observarle hasta en las formas de arte que van destinadas, no a los grandes, sino a la simple burguesía e incluso a las gentes del pueblo. Así queda al descubierto en las cerámicas, en las cuales se patentiza (como resultado de la abundante importación valenciana) el dominio de la técnica del barniz blanco, con elementos de estaño, que tanto se presta a la ornamentación policroma. El empleo de esta técnica y de un elegante moldeado, tales terracotas barnizadas y pintadas son, con frecuencia, pequeñas obras maestras que reflejan sintomáticamente aquella sutil sensibilidad renacentista, ya se trate de vasijas y piezas de vajilla, ya de plaquitas de intención amatoria o devota.
el renacimiento
Monumento a Leonardo Bruni de Bernardo Rossellino (Iglesia de la Santa Croce, Florencia). Los hermanos Antonio y Bernardo Rosellino pertenecieron a la llamada «generación de la gracia» florentina y fueron dos maestros del preciosismo. Bernardo Rosellino, en esta obra de 1444, realizó una capilla-sepulcro típicamente renacentista, en la que ubicó el sarcófago bajo una escultura yacente del difunto, todo enmarcado por un gran arco de triunfo.

Arte del Renacimiento