Los pintores toscanos (I)

Su actuación fue la de un explorador, de un verdadero inventor, en una época en que la escuela pictórica florentina se preparaba para alcanzar su definitiva madurez. Fue aquél un período de ensayos, durante el cual los problemas relacionados con la perspectiva, el ambiente, el valor plástico del color, debieron de preocupar también intensamente a otros varios artistas. Tal es el caso de Pesellino; después, de Andrea del Castagno y de Paolo Uccello, cuya actividad se centró casi exclusivamente alrededor de la resolución de aquellas arduas cuestiones, y cuyas probaturas, al no lograr pleno éxito, interesan por la inquietud que denotan, y porque reflejan, a causa de ello, una sensibilidad acorde con la que agita el arte de la actualidad.

De Andrea del Castagno cuenta Vasari una porción de anécdotas que no son ciertas, y hasta hace pocos años se le consideraba nacido a fines del siglo XIV. En realidad nació en un pueblecito de la Toscana en el año 1423, y murió joven, de la peste, a los 34 años. Su producción conocida es muy corta. Pintó en Venecia, en la iglesia de San Zacarías, unos frescos en la capilla de San Tarasio (hoy muy maltrechos) que demuestran un talento aún inmaduro. Lo mejor suyo se halla íntegramente en Florencia, en cuya catedral de Santa María del Flore pintó, en tierra verde, en 1455, el fresco que representa la figura ecuestre del condotiero Nicolás de Tolentino, que Lorenzo di Credi hubo de retocar después.

Es una pintura destinada a hacer pendant con otra mural que Paolo Uccello había realizado en 1436 con la figura de otro guerrero, el inglés John Akwood, llamado Giovanni Acuto, y la intención de ambas obras era la de simular relieves y estatuas broncíneas. También ha dejado otros dos interesantes frescos en la iglesia florentina de la Annunziata: El Salvador y San Julián y una Trinidad con San Jerónimo y dos santas; pero sus obras más impresionantes se encuentran ahora reunidas en el cenáculo del convento de Santa Apolonia. Pueden allí contemplarse sus frescos de la Piedad, Crucifixión, Entierro y Resurrección, y su obra cumbre: La Última Cena, junto con otras elegantes pinturas al fresco de supuestos retratos de hombres y heroínas ilustres, que decoraban la Villa della Legnaia y que se han trasladado también allí. Este pequeño museo de Andrea del Castagno acredita un denodado esfuerzo en pro del ideal pictórico, expresado mediante un estilo muy coherente, en el que la inventiva (poética e intelectual), la intención de un riguroso dibujo compositivo y la potencia plástica del colorido se funden con suma originalidad.

En La Última Cena, los personajes, esculpidos en el color a base de un rudo realismo muy florentino y de un sistema de líneas de extraordinaria energía, no alcanzan sin embargo la monumental humanidad de los tipos creados por Masaccio; pero Andrea del Castagno demuestra en ellos un sentido grandioso de la corporeidad que le permite llevar adelante las investigaciones espaciales iniciadas por Masaccio. Esta preocupación por la definición plástica de los personajes y por la perspectiva del espacio adquiere un carácter aún más clásico en la famosa serie de los Hombres Ilustres y de las Sibilas, procedentes de la Villa della Legnaia; ello es debido a la utilización de zócalos y otros elementos marmóreos fingidos que les sirven de marco.
Paolo di Dono, llamado Paolo Uccello, nació en Pratovecchio (Casentino) en 1396 y murió en Florencia en 1475. Debió de estar obsesionado por la perspectiva y los problemas compositivos. De él ha dejado Vasari este cliché, que generalmente se considera como definitivo:»se afanó y perdió el tiempo en las cuestiones de la perspectiva… por el prurito de afrontar siempre las cosas más difíciles del arte».

También éste fue un pintor del que se conservan pocas obras, aunque trabajó mucho. Ejerció su arte en Venecia y en Padua y laboró largamente para el duomo florentino, donde se conserva su bello fresco, antes mencionado. Pintó otro, hoy casi desaparecido, en el «claustro verde» de Santa Maria Novella, y se le atribuyen varios retratos y, con mucha verosimilitud, la Caza nocturna que se conserva en el Ashmolean Museum de Oxford, sin duda obra juvenil. Pero las obras que permiten conocerle mejor son sus tres panneaux, de los cuatro que pintó por encargo de la familia Bartolini con el tema de la Batalla de San Romano (en los Uffizi, el Louvre y la Galería Nacional de Londres). Son obras pintadas hacia 1456 para celebrar la victoria del condotiero Nicolás de Tolentino (ya homenajeado por Andrea del Castagno en el mural citado de la catedral de Florencia) sobre el ejército de Siena.

Se trata de movidas composiciones, estructuradas en base a un complejo e intrincado juego de líneas verticales (las de las lanzas enhiestas), con otras trazadas horizontal o diagonalmente (que representan las lanzadas que dan o reciben los caballeros que se hieren, caen, o yacen ya abatidos), todo ello en función de un sabio y contrastado colorido; y de una perspectiva cuya línea de horizonte queda oculta o, como en ciertas miniaturas orientales, está situada mucho más alta de lo que hoy sería considerada como natural. Lo mismo cabe observar de las dos tablas de San Jorge liberando a la Princesa que le han sido atribuidas. Es un estilo pictórico de raigambre gótica, pero que ambiciona expresar monumentalidad. Para Urbino pintó en su vejez una tabla de la que sólo se conserva la predela sobre el tema del Milagro de la Hostia Profanada (hoy en la Gallería Nazionale della Marche, Italia), y que demuestra también cuan grandes eran sus preocupaciones prospécticas, con figuras, que, en aquel ambiente geométrico, parecen irreales, como ciertas modernas pinturas surrealistas.

pinturas del renacimiento

La Batalla de San Romano de Paolo Ucello (National Gallery, Londres). Este fresco se realizó para conmemorar la victoria de Nicolás de Tolentino, capitán de Florencia, sobre los ejércitos sieneses en 1433.

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