Tiziano: Nuevas experiencias (I)

Son cantos de alegría pagana, en los cuales los mitos antiguos parecen renovarse en la dulce suavidad del paisaje que acoge y acompasa el movimiento, a veces desenfrenado, de las imágenes, de una sensualidad natural y serena, casi purificada por la felicidad del cromatismo que armoniza espléndidamente la naturaleza con el hombre. Las gamas cálidas de los rojos, de los amarillos, de los azules, se entrelazan con el verde dorado de los bosques y se suavizan con el azul del cielo, haciendo de las figuras estatuarias antiguas y de las miguelangelescas verdaderas «poesías».

«Poesías» es como Tiziano llama a sus mitologías paganas, hasta las Dánae, las Ledas, las Venus y todas las diosas de sus últimos años. Entre uno y otro de estos alegres cantos paganos, Tiziano realiza importantes obras religiosas, como el Políptico de Bresda, que le fue encargado en 1522 por el legado pontificio Altobello Averoldi, y, en este mismo año, la Virgen con los santos Francisco y Alvise y el donante para la iglesia de San Francisco de Ancona, que es la primera obra fechada del maestro. En el políptico de Brescia, Cristo triunfa a plena luz en la oscuridad de la noche, quebrada por relámpagos de tempestad al fondo. A los lados emergen pesadamente de la sombra el San Sebastián «atado a una columna con un brazo en alto y otro abajo», y los santos Celso y Nazario con el donante, en un reposo de colores casi monocromos en las tonalidades densas y profundas. En lo alto, la Virgen de la Anunciación y el ángel parecen resplandecer con una luz plateada, en el amanecer inminente que romperá la atmósfera nocturna.

En 1519, es decir un año antes, le había sido encargada a Tiziano por Jacopo Pésaro, obispo de Pafos, para la iglesia dei Frari, el retablo Pésaro, que, sin embargo, será terminado en 1526. Es ésta otra obra famosa y capital de la actividad del maestro cadorino. En ella el pintor, con una grandiosidad nueva e inusitada, desarrolla el principio de la composición arquitectónica vista en diagonal, ya esbozada por él en el pequeño retablo de la Salud. Los ritmos dinámicos resultan vivos en la disposición escalonada de las figuras arropadas con ricos mantos, sobre las cuales, a destellos, juega la luz en un contraste de jaspeados, casi tallados, en los rostros y los mantos. El planteamiento resultará ejemplar para los retablos venecianos de los siglos posteriores, desde Paolo Veronés hasta Tiépolo. Estas imágenes del retablo Pésaro, hasta el más joven distraído y vuelto con desenvoltura hacia el espectador, anticipan el importante papel que adquiere de ahora en adelante el retrato en la producción de Tiziano.

De la dinámica del retablo Pésaro deriva la que mueve y compone las figuras en el Descendimiento de Cristo, del Louvre, terminado en 1525. Las imágenes son enlazadas magníficamente por el paisaje del fondo, presente con sus árboles en primer término, iluminado aquí y allá por las luces de un tempestuoso ocaso.
Mientras tanto, en 1523 había iniciado sus relaciones con la corte de los Gonzaga de Mantua y tal vez había realizado para el dux Andrea Critti el San Cristóbal una pintura al fresco en la escalera de su apartamento privado, en el que afloran elementos derivados quizá de estampas nórdicas. Y precisamente en la corte de Mantua, hacia 1524, encuentra a Julio Romano, gracias al cual entró por vez primera en contacto directo con el mundo clasicista y manierístico de la Italia central. Se puede fechar hacia 1525 el hermoso retrato de Federico Gonzaga con un perro, hoy en el Prado, que presagia ya las nuevas formas que en la década sucesiva adquirirán definitivamente todos los retratos tizianescos. El personaje está representado de pie, algo más que a media figura, en la esencialidad de su imagen, recortada con contornos netos sobre un fondo oscuro, carente de antepechos o apoyos, casi frontal, palpitante el rostro, cuya luminosidad se debe a luces doradas que después siguen jugando sobre el raso del traje o el preciosismo de los ornamentos.

En 1525, Tiziano se casa con Cecilia, la mujer «gentil y de bien» que le había seguido desde el Cadore natal y que le había dado dos hijos, Pomponio y Horacio. Cecilia morirá en 1529 al dar a luz a la predilecta Lavinia. Bajará entonces a Venecia desde sus montes su hermana Orsa para cuidar a los tres niños, en un renovarse de esos vínculos familiares tan arraigados en Tiziano, con su apego al pueblo natal, hasta el punto de constituir un elemento esencial de su humanidad.
el renacimiento
Federico Gonzaga con un perro de Tiziano (Museo del Prado). Primer cuadro de Tiziano para la corte de Mantua. Se fecha hacia 1523 y es uno de los más soberbios retratos de su vasta galería. La fuerza varonil que revela la expresión del rostro y la actitud del marqués adquieren mayor relieve por contraste con la gracia blanda y sumisa del can. Un ardid, por cierto, heredado de la pintura medieval. Quizá, sin embargo, sea la perfecta matización del color el máximo logro de la tela: ese fino y estudiado equilibrio entre rojo, blanco, azul y el oro de los ribetes sobre un fondo opaco, neutro.

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