Toledo y el Greco I

Aunque el testimonio de Martínez sea tardío, no deja de ser revelador y digno de fe, si contamos que es cierto que «la riqueza que dejó (El Greco, al morir) no fue más que doscientos cuadros principiados de su mano», amén de unos libros y escasa ropa y pocos muebles. Por ello, cuando después de un nuevo pleito de tasación, en el que el altivo artista quiso apelar hasta al Santo Padre, el cura de Santo Tomé, Andrés Núñez, se aviene a pagar 1.200 ducados por el cuadro hoy conocido por Entierro del conde de Orgaz (sería más exacto llamarlo señor que conde), los da directamente a los acreedores del artista.

Ese lienzo, una de las obras más conocidas de El Greco y al que cabría calificar de retrato colectivo, le fue encargado en 1586 por Andrés Núñez, que pertenecía al alto clero que frecuentaba el pintor. El cura de Santo Tomé quiso así perpetuar la leyenda de cierto piadoso caballero del siglo XIV, don Gonzalo Ruiz, señor de Orgaz, que mereció ser enterrado por los Santos Agustín y Esteban, aparecidos a su muerte; conmemoraba al mismo tiempo su reciente triunfo en un pleito contra la villa de Orgaz, reticente en el pago de una manda anual establecida por el bienaventurado señor a favor de la parroquia de Santo Tomé.

Todo ello consta todavía explicado en una larga inscripción colocada bajo el cuadro de El Greco, íntimamente ligado a lo crematístico desde su origen hasta nuestros días, en que su visita turística produce, si no frutos devotos, cuando menos saneados beneficios, pese a la maravillosa espiritualidad de la pintura, que muchos consideran la obra maestra del pintor. Andrés Núñez, que se impacientaba por las demoras de una pobre villa, retrasó por dos años el pago de ese lienzo inapreciable.

El célebre lienzo, medio puntado, aparece dividido en dos partes por una línea horizontal de cabezas de caballeros y clérigos, contemporáneos, no del señor de Orgaz, sino de El Greco: arriba, el Cielo; abajo, la Tierra. Pero cada uno de esos espacios trasciende y penetra en el contrario; y si en la parte baja, la buena sociedad toledana asiste, sin un asombro de mal gusto pero con una devota veneración, a la milagrosa aparición de dos Santos (parecidos, por lo demás, a un arzobispo y un diácono de la Catedral Primada en una misa de pontifical, más que a dos enterradores celestiales), en la parte alta los coros de los bienaventurados contemplan, con una gravedad semejante, la presentación ante la Deísis de los bizantinos (Cristo juez, entre la Virgen y San Juan, mediadores) del alma del señor de Orgaz, en forma de niño traslúcido, llevada por un ángel cuyo faldellín cae por encima de las cabezas de los caballeros.

Verticalmente, la composición parece dividida por una línea torsa, a manera de columna salomónica, que desde el cuerpo del difunto (envuelto en rica armadura de acero damasquinado) y por la mitra de San Agustín, encadena con el faldellín del ángel y el ánima por él transportada, hasta llegar a Jesús, a cuyos pies se abren, como dos cortinajes, las nubes.

A ambos lados, dos parejas de eclesiásticos rematan la fila de espectadores terrestres: frailes, a la izquierda; clérigos, a la derecha. Entre estos últimos asoma la cruz parroquial, que parece tocar las nubes.
Hay entre los seres del cielo algunos con aspecto de retratos, como cierto anciano con la mano en el pecho, que no deja de recordar a Felipe II (muerto en 1598, es decir, más de diez años después de pintado el cuadro); entre los de la tierra, algunos con aire de santos, como el fraile franciscano, semejante en todo a su fundador.

Lo terrenal y lo celeste aparecen íntimamente unidos en esta obra, síntesis de una fe y de una sociedad reunida para venerar los despojos mortales de un guerrero como don Juan de Austria o Garcilaso de la Vega. Sociedad de austeros trajes y ricas vestiduras litúrgicas, entre la que figuran, según tradición, El Greco asomado por encima de la mano de un santiaguista, y su hijo, un niño que nos mira atentamente mientras señala hacia el milagro, sirviendo de nexo entre su realidad y la nuestra.
el greco
San Bartolomé de El Greco (Museo de El Greco, Toledo). Realizado para el Apostolado del Hospital de Santiago entre los años 1610 y 1614, este cuadro es sin duda una de las mejores representaciones de apóstoles, porque en él refleja con muy pocos elementos la posesión por el espíritu divino. Sus rasgos faciales y la extraña ocupación de sus manos sugirieron al doctor Marañón que quizás El Greco pudo haber empleado como modelos para esta serie a los locos del vecino Hospital del Nuncio.

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