Historia del Arte

El academicismo de Ingres

El rival de Gros fue Ingres, también discípulo de David. Nacido en Montauban en 1780, se dice que, habiendo visto en Toulouse unas copias de Rafael, sintió desde aquel momento decidida vocación por la pintura; la “religión de Rafael” debía inspirar toda su vida. Por lo demás, la historia de su carrera es poco más o menos la misma de los artistas franceses de su tiempo: primer viaje a París, ingreso en el taller de David y Premio de Roma, sólo que en el año de 1801 el Gobierno no tenía dinero para enviar sus pensionnaires a Italia.

Hasta 1806 no pudo disfrutar de su beca. En Roma -donde prolongó su estancia durante veinte años- pintó sus cuadros más famosos, dentro del más puro estilo académico, y sus dibujos de trazos finos realizados entonces son excelentes. El dibujo, según él, constituye el fundamento de la pintura. “Un buen dibujante siempre podrá encontrar el color que corresponda al carácter de la obra”. Para la pintura suya más famosa, La Fuente, dícese que empleó más de cuarenta años, retocándola siempre.

A su actitud académica -en absoluta oposición a la de Delacroix- debió Ingres todos los juicios adversos que desde el arte pictórico del Romanticismo se han emitido contra él. Pero es un caso el suyo que reclama revisión. Si proclamó que “el secreto de la belleza reside en la verdad”, no por ello merece ser considerado, en lo mejor suyo (que no son únicamente los retratos), como un pintor verista.

Sus obras maestras no son desde luego los encargos que realizó sobre temas grandilocuentes, como su amanerada Apoteosis de Hornero (en el Louvre), ni el falso exotismo de sus Odaliscas, que es en verdad demasiado convencional.

Pero su rafaelismo -que ya se inicia en su autorretrato juvenil del Museo Conde, de Chantilly (1804)- no es justo considerarlo como una simple supeditación a Rafael. Lo que sí intuyó Ingres en los retratos de Rafael fue una lección por él sabiamente empleada: que la línea no traduce la realidad, sino la impresión que ha de recibir quien contempla la obra. Para David contó mucho la anatomía; para Ingres lo único que interesa es el efecto visible. Ambos artistas representan, así, dos puntos de vista distintos, en los logros de toda la fase final del neoclasicismo pictórico.

Un último artista coetáneo de David fue Prud’hon. Nacido en Cluny en 1758, pasó también a París y de allí a Roma después de ganar el Prix. En lugar de interesarse tanto por Rafael como Ingres, Prud’hon se entusiasmó por Leonardo y, sobre todo, por el Correggio. Sus asuntos no son tan históricos ni académicos como los de David y sus discípulos, pero no puede llamársele pintor moderno ni romántico, aunque demostró ya sensibilidad romántica en su retrato de la emperatriz Josefina.

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Baño turco, de Jean Auguste Dominique Ingres (Musée du Louvre, París). Pintado en 1862, rotas ya las cadenas de la reacción neoclásica, Ingres se especializó en el dibujo del desnudo femenino, repetido en esta obra maestra hasta veinticuatro veces en diferentes posturas. Inspirándose en los sensuales relatos de Lady Montagu, esposa del embajador inglés en Constantinopla, después de acudir a varios baños públicos, Ingres fue recopilando en diversos cuadernos más de doscientas descripciones de mujeres entregadas al placer ocioso de cuidar sus cuerpos. La composición circular del marco muestra una visión casi clandestina, como si el autor hubiera estado espiando por un agujero en la pared. Algunas de las modelos son musas ya conocidas en otras obras de Ingres, como la Odalisca con Esclava, la Mujer Dormida, la Fornariña de Rafael y tres o cuatro bañistas de otros cuadros del propio autor.

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