Historia del Arte

El rococó en la porcelana

En la porcelana y en las piezas de cerámica en general -que entonces ofrecen tanta variedad y riqueza en toda Europa- halló el rococó un amplísimo campo para su aplicación. Sin duda, se trata de uno de los campos que le fueron más propios a este nuevo estilo y en los que mejor pudo y supo desarrollar las características que le son propias. Esa materia cerámica presenta en la historia de su desarrollo europeo durante el siglo XVIII tantas concomitancias con lo que aquí estamos tratando, que no es exagerado afirmar que, a través de ella, puede seguirse perfectamente la evolución de aquel estilo.

Materia exótica ya apreciada de antiguo como una rareza (por sus cualidades de dureza, transparencia y blancura, así como por la finura de su adorno pintado), durante más de un siglo, en todos los países europeos la estima por la porcelana china creció avivada por la importación que de ella se hacía, primero (en el siglo XVI) a cargo de los portugueses, y desde 1602 por la Oost-Indisches Compagnie holandesa, a través del puerto de Amsterdam, verdadero emporio de aquel “oro blanco”, adonde anualmente llegaban piezas chinas en cantidades ingentes. Años más tarde, se importó también a Francia e Inglaterra por la Compagnie des Indes Orientales y la East India Company, dedicada también al comercio del té, y aún, posteriormente, fueron navíos suecos y daneses los que realizaron su transporte a Europa.

El prestigio alcanzado por los búcaros, vasijas, figuritas y cuencos importados de China, ya en el siglo XVII había provocado en Europa una gran actividad de probaturas con vistas a lograr la obtención de esa sustancia, cuya composición se ignoraba. Multitud de artistas dedicaron tiempo y energías en realizar un descubrimiento con el que pretendían obtener no poco sustanciosos réditos. De este modo, los intentos para “descubrirla” se multiplicaron desde aquellas fechas en Inglaterra, Holanda, Francia y Sajonia.

Esta actividad desembocó, en Francia, en el descubrimiento de una materia que era, en el fondo, de composición vítrea, la llamada porcelaine de páte tendré. Realmente, no era auténtica porcelana, sino una porcelana imitativa, con la que se conformaron las manufacturas (oficiales o privadas) que en el curso de la primera mitad del siglo XVIII fueron apareciendo en los países del occidente de Europa. Los porcelanistas ingleses descubrieron, por su parte, en 1748 (en la fábrica instalada en Bow), una variante de esa porcelana de imitación, la “porcelana fosfática”, o bone-porcelain, hecha con fosfato de cal, por adición en su pasta de ceniza obtenida de la combustión de huesos.

Por otro lado, ya unos años antes, en 1709, los esfuerzos realizados bajo el patrocinio de Augusto II el Fuerte, en Sajonia, habían por fin obtenido el éxito apetecido: un alquimista de vida aventurera y conducta dudosa, Johann Böttger, vigilado y ayudado por un científico (que falleció en 1708, sin ver el resultado de sus esfuerzos), el caballero Walther von Tschirnhausen, había descubierto el secreto de la auténtica porcelana, al emplear en su composición una arcilla procedente de las cercanías de Aue (en la parte occidental de los Montes Metálicos), que resultó ser, por suerte para él, la misma tierra de que se valían los chinos: el caolín.

De este modo, Böttger se llevó el mérito de conseguir reproducir la misma porcelana que era un autentico producto de lujo en la Europa de aquella época. Así se fundó la fábrica real de Sajonia, que quedó instalada en la fortaleza de Albrechtsburg, en Meissen. Un decreto oficial, de 23 de enero de 1710, anunciaba el acontecimiento en cuatro idiomas: alemán, holandés, francés y latín. Sin embargo, durante dos años la porcelana sólo se produjo en Meissen en poca cantidad, por vía de ensayo; su producción no se normalizó hasta el año 1713.
estilo rococó
Cornucopia de Alcora. Estos pequeños espejos de marco tallado y dorado, que solían disponer adosados varios brazos para las velas, produciendo un exótico efecto de iluminación al reverberar la luz en la propia luneta del espejo, presentan siempre grabados decorativos de cristal o porcelana, como el de esta cornucopia, ornada con una escena entre Venus y Marte en su fragua acosados por dos amorcillos alados. De gran difusión en España durante el siglo XVIII es, no obstante, la ciudad de Venecia la principal procedencia de estos objetos de artesanía.

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