Francisco de Goya (I)

Goya fue empleado como pintor eventual en la obra de los cartones para tapices. Este trabajo, aunque ingrato por las limitaciones que imponía la técnica del tapiz, le permitió subsistir en la capital, lo que no era poco importante, donde al principio carecía de relaciones que le permitieran gozar de un fluido y seguro ritmo de encargos.

Luchando contra esas limitaciones, contra la tutela protectora pero opresiva de su cuñado, Goya tardó un tiempo en imponer su personalidad, pero desde entonces -sobre todo desde su nombramiento de pintor del rey con sueldo fijo (1786)- inició una rápida carrera ascendente, que no puede extrañar, de un lado por el genio goyesco, de otro por la medianía de quienes le pudieron hacer sombra: Maella, Castillo y los hermanos Bayeu. Hasta 1792 Goya seguiría pintando cartones para tapices, en grupos entregados con cierta discontinuidad, que señalan su progresiva victoria sobre las limitaciones técnicas y su maestría en el amable rococó que atraía a la corte.

Pero es preciso retroceder para comentar esas fases: de 1777 es su cartón Maja y embozados, mucho más rico en matices y opulento en forma y color que los iniciales, pero todavía contenido por las «recetas» de los tapiceros. Que podía incluir temas dramáticos en los cartones lo muestra El ciego de la guitarra (1778), del que grabó un aguafuerte. Hay que comentar el hecho de que, al tener la oportunidad de trabajar para la real casa, Goya pudo conocer las magníficas colecciones de pintura que eran propiedad de los monarcas. Entre 1774 y 1779, por ejemplo, grabó obras de Velázquez, lo que prueba que sintió admiración por este artista de genio tan diferente al suyo. En esos años, Goya no se limitó a los cartones; pintó también cuadros de tema religioso y su tan conocido Autorretrato a contraluz.

En 1780, Goya recibe su primera compensación moral, a la que pudo no ser ajeno su cuñado Francisco Bayeu: el nombramiento como miembro numerario de la Academia de San Fernando, cargo de gran importancia y que sin duda Goya viviría como uno de los momentos más relevantes de su carrera hasta ese momento. El 7 de mayo de ese año presentó, como pieza de recepción, un magnífico Crucifijo, en que se aprecian ciertas audacias técnicas de detalle en un concepto de magistral ejecución y por lo general académico, como no podía ser de otra manera en una obra que le «servía» para presentarse ante el resto de los miembros de la Academia.

En 1780-1781, Goya retornó a Zaragoza para decorar al fresco una cúpula del Pilar. Sus audacias -libres linealismos, deformaciones-, aunque quizá también el éxito que ya acreditaba, le valieron la desaprobación de su cuñado Bayeu, director de la obra, y una querella con éste que duró tiempo y que los lazos familiares quizá contribuyeron a agravar más que a atenuar. Una vez que estuvo de regreso a la capital no tardó en recibir de la corona un importante encargo: la pintura de uno de los grandes altares para la basílica de San Francisco el Grande, con la imagen de San Bernardina de Siena predicando ante Alfonso V de Aragón.

Al parecer, el mencionado encargo se debió en parte a la intervención del patricio aragonés Juan Martín Goicoechea, amigo del ministro conde de Floridablanca y gran admirador de la pintura de Goya. En 1783, éste permite a Goya que pinte su retrato, con lo que inicia su galería de efigies de altos personajes de la corte en los que el pintor aragonés da muestras de su brillante maestría. El lienzo, sin embargo, fue recibido fríamente por el poderoso político y es evidente que en él hay ciertos desajustes, que llaman la atención en el conjunto de la obra del artista.

Goya pasó, no cabe duda, por un largo período de relativa crisis desde su llegada a Madrid hasta unos 10 a 12 años más tarde. Pero 1783 fue un año importante para el pintor. Afirmó su amistad con Ventura Rodríguez, arquitecto del Pilar, y entró en conocimiento del infante don Luis de Borbón, hermano del rey. Esto le valió la ejecución de una serie de retratos de la pequeña corte del infante, terminados en 1784, tras los esbozos ejecutados en Arenas de San Pedro, en la residencia estival del príncipe. El 2 de diciembre de 1784 le nació su hijo Francisco Xavier, único que le sobreviviría. En 1785, Goya realizó una serie de retratos para el Banco de San Carlos, donde tenía sus ahorros.

Francisco de Goya

Sacrificio a Vesta de Francisco de Goya y Lucientes (Colección particular, Barcelona). Pintado en Roma en 1771, ésta es una de las obras de juventud del artista, en la que ya se perfila la fuerza de su temperamento.

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