Historia del Arte

Francisco de Goya: La Quinta del Sordo

El 27 de febrero de 1819 se inicia una nueva -y por desgracia breve- etapa de la vida de Goya, que contaba a la sazón 73 años. Adquiere en las afueras de Madrid, cerca del puente de Toledo, una casa de campo que sería bautizada con el poco caritativo nombre de “La Quinta del Sordo”.

La inmortalizarían las llamadas pinturas negras (1821-1822) que hizo para decorarla. En 1819 Goya pintó la que tal vez es su única obra religiosa animada de profundo misticismo (a la vez que sumida en cierta deformación expresionista): La última comunión de San fosé de Calasanz, pintura destinada a la iglesia de San Antón de Madrid. Su unción es extrema, con blancos y rojos que exaltan el negro dominante. La Oración en el huerto es acaso más dramática que mística, pero no se podría decir que carece de impulso religioso.

En 1819 Goya estuvo gravemente enfermo. Se pintó con el doctor Arrieta, su médico. En la convalecencia se ocuparía trabajando en la serie de Los Disparates, que tenía entre manos y dejó sin acabar. Estas planchas pasaron a la Academia, que publicó la serie en 1864. Por el tema, se acercan a Los Caprichos, con menos anecdotismo y franca penetración en la irrealidad en alguna estampa.

Por la técnica derivan de La Tauromaquia, si bien el claroscuro es más neto e intenso. Por ese tiempo, Goya empezó asimismo a trabajar en litografías, procedimiento descubierto por Senefelder en 1796 y que desempeñaría tan importante papel en la ilustración durante el período romántico. Goya realizó sus primeros ensayos litográficos en 1819, en el taller madrileño de J. Cardano.

Uno de sus primeros intentos debe ser la imagen de una Vieja hilando. En el ensayo litográfico de la Escena infernal volvemos a ver a Goya dentro de su temática preferida, con elementos muy trabajados entre sí que equilibran el dinamismo de las figuras principales. Existe un magnífico dibujo preparatorio de esta litografía.

En 1821-1822, como dijimos, Goya se dedicó sobre todo a pintar para sí mismo. Aquella corriente secundaria de su arte, que se fue a lo largo del tiempo plasmando en detalles de obras de encargo o en obras como las realizadas para ocupar la “imaginación mortificada” en las que “el capricho y la invención “podían tener amplio y libre desarrollo, se convierte de pronto en el motivo esencial de un magno grupo de pinturas a gran formato, precedidas de respectivos y extraordinarios bocetos, en las que los temas mitológicos, de brujería o de expansión brutal de los instintos iban a tener entera justificación técnica y estética. Lo que antes era tratado con incisividad o anecdotismo, ahora adquiere plena monumentalidad que parece justificar ese mundo infernal y terrible.

Parece evidente, o posible al menos, que las experiencias objetivas de la guerra, las crueldades presenciadas o sabidas, aparte de las represiones y castigos de todo género que en aquel tiempo eran moneda corriente, confirmaron en el pintor lo que ya era una predisposición originaria y subjetiva. De ahí el carácter paradójicamente terrible y majestuoso, a la vez, de las “pinturas negras”, el efecto de algo definitivo y verdadero que producen, al extremo de que podrían ser consideradas como la culminación de toda la obra goyesca.

Es digno de subrayarse que Goya, como muy pocos artistas de este mundo, logró las más convincentes y personales realizaciones de su carrera en su etapa de madurez y de vejez. Pintó San Antonio de la Florida en 1798, a los 52 años; el Dos de mayo y los Fusilamientos en 1814, a los 68, y el ciclo de las “pinturas negras” en 1821-1822, a los 75-76.Y aún le aguardaban seis años más de plena claridad mental.

Queda por hablar del ámbito de las “pinturas negras”. En realidad, esta denominación se acepta por costumbre y por el dominante matiz oscuro, pero en las obras hay tonos pardos y grises, ocres, azules, almagre, rojos, carmines y ligeros toques de verde. Son catorce composiciones que integran de una a muchas figuras, todas ellas vistas desde un ángulo psicológico extraño, dramático e irracional.

Son las siguientes: una figura de mujer apoyada en una gran roca, tradicionalmente identificada con Leocadia Zorrilla, compañera del pintor en sus años finales; El gran cabrón, Judith, Saturno, Romería de San Isidro, Dos viejos, Dos brujos, Átropos, Dos forasteros, La lectura, El tonto del pueblo, El Santo Oficio, Asmodeo y Perro.

Modelado abrupto, uso de huellas y grumos discontinuos, imprimación negra, expresionismo, deformación, faces malignas y terribles definen, en conjunto, las pinturas. Algunas apilan gran número de personajes en que destacan las cabezas, con ojos de brillante mirada animal. Destacan Saturno, que aparece devorando el cuerpo de uno de sus hijos, con sangre cayéndole de la boca, y Dos forasteros, que en realidad, es un brutal duelo a garrotazos en medio de un dramático paisaje. Destacan porque son las que mayormente sintetizan el sentido de lo terrible que inspira el conjunto.

La única pintura fechada en 1823 es el admirable retrato de Ramón Satué, de concepto naturalista anterior al carácter que predomina en las pinturas de la Quinta del Sordo.
Francisco de Goya
La última comunión de San José de Calasanz de Goya (Escuelas Pías de Madrid). Óleo sobre lienzo de 1819, realizado por encargo de las Escuelas Pías de San Antón para decorar un altar lateral de su iglesia. En él se representa al santo poco antes de morir, recibiendo la Sagrada Forma de manos de un sacerdote. La luz que ilumina a los personajes contrasta con el fondo oscuro del cuadro.

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