La pintura de paisaje: Constable, Turner (I)

Y es que el éxito de Constable trascendió los límites de las Islas Británicas. Introducidos en Francia algunos de sus cuadros gracias a dos marchantes de París, obtuvo la Medalla de Oro en el Salón parisiense en 1825, y su relación con la pintura francesa de su época fue directa, semejante a como ocurrió con Bonington.

Por su parte, Joseph Mallord William Turner (1775-1851) fue otro gran estudioso en los fenómenos luminosos del cielo, pero con un propósito muy diferente al de Constable, por lo que ambos son, de forma complementaria, sin competir en una exacta concepción estilística, dos de los grandes paisajistas de su época. Discípulo de Cozens, y dedicado al principio a la acuarela, pensó en sus iniciales tanteos en el mundo de la pintura especializarse en la ilustración, oficio de gran importancia en ese tiempo. Sin embargo, le estaba reservado un destino de gran importancia: el papel de dar, del paisaje, una de las versiones más personalmente románticas que han existido en el Arte.

Muy joven todavía, anduvo por su patria; después, en 1819, viajó por Francia, Suiza, el Valle del Rin e Italia, y a Italia volvió de nuevo en 1829 y en 1840. Fue un hombre de personalidad extraña, huidiza, que en sus últimos años vivió solo, y vino a morir, desconocido, bajo nombre supuesto, en una casucha junto al Támesis, atesorando la mayor parte de sus estudios, que anhelaba legar a su patria.

Fue siempre un apasionado de los cielos crepusculares y de los efectos maravillosos de la luz solar filtrándose a través de la niebla londinense. A tales temas dedicó incontables acuarelas; pero, sus más importantes producciones fueron pintorescas vistas panorámicas italianas, concebidas en una atmósfera de ensueño y por las que misteriosamente se difunde una luz fría, entre amarillenta y plateada. Sus estudios se conservan hoy, en su mayor parte, en la Tate Britain de Londres, y su obra maestra (en la National Gallery) es una marina pintada con un rutilante cielo de ocaso que representa a una vieja nave de guerra, el Temeraire, en el momento de ser remolcada a su último fondeadero. Jamás pintor alguno se sintió inmerso como él, por irresistible vocación, en un solitario ensueño de indefinibles maravillas.

Por otro lado, cabe señalar que la datación de las obras de Turner plantea graves problemas a los estudiosos del Arte, puesto que las únicas indicaciones del autor son citas de su libro Fallacies of Hope, y ello sólo en algunas ocasiones. De todas formas, es posible observar el desarrollo de su estilo desde el preciso dibujo arquitectónico de los paisajes más antiguos, pasando por la romántica atmósfera vibrante de su madurez, hasta sus últimas obras que aparecen como extrañas visiones en las que la luz y el color se compenetran en un mundo etéreo de reflejos infinitos.

De este modo, se tiene una visión general de las grandes etapas artísticas de Turner aunque es poco menos que un juego de azar, en muchos casos, arriesgar una fecha a muchas de sus obras. Su arte es básicamente épico porque, como queda patente en sus pinturas, identificó siempre su lucha personal con la vida de la humanidad en general. Ello explica que el aspecto vago y etéreo de sus últimas visiones se haga cada vez más abstracto, porque la meta fijada se hace cada vez más difícilmente alcanzable en la realidad.
Al igual que a Turner, hay que considerar a Richard Parkes Bonington (1802-1828), como a un autor plenamente romántico. Residió en Francia la mayor parte de su corta vida, y sus obras son ciertamente un enlace entre la escuela pictórica de su país y la romántica francesa.

Pintó acuarelas que son pequeñas obras maestras de límpida factura, y en algunas de sus evocaciones históricas, así como en sus escasos óleos sobre temas de paisaje francés, se adivina cuan lejos habría llegado, en su dirección romántica, la obra de este pintor muerto prematuramente.

Otro aspecto que se debe señalar en este breve resumen de la escuela inglesa de pintura iniciada durante el siglo XVIII, es el representado por William Blake (1757-1827), figura que sobrepasa cualquier etiqueta y cuyo interés excede el meramente artístico. Blake fue poeta, dibujante, ilustrador, grabador y pintor y, además, su concepción del arte y de la vida influyó a no pocos y variopintos artistas de los siglos XIX y XX y continúa siendo un personaje de referencia en la actualidad.

Como artista plástico y como escritor fue un caso parecido al del suizo Heinrich Füssli o Fuseli (1741-1825), su contemporáneo, radicado en Londres y como él dedicado a las representaciones fantasmagóricas. En cierto modo Blake parte del arte del dibujante neoclásico Flaxman; pero se distingue de esta clara dirección de neoclasicismo por su contenido místico, misterioso, y su gran potencia imaginativa, que llegó a adquirir auténtica grandeza.
William Turner
Lluvia, vapor y velocidad de William Turner (National Gallery, Londres). Este famosísimo cuadro fue pintado en 1844 y es probablemente el primer cuadro de la historia en la que aparece un tren. En este caso se trata, según identificación del propio Turner, del Great Western Railway. Pero el protagonista real es la luz vista a través de la lluvia. Se trata de una pintura casi abstracta, que se anticipa un siglo a las obras en las que la materia pictórica y el color crearán una atmósfera evanescente de un encanto casi mágico.

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