El encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección

El método de écriture automatique, tantas veces citado en el contexto del surrealismo, tiene más importancia simbólica que práctica. En relación con la actividad poética, la escritura automática representa el intento de alimentar la creatividad desde las profundidades del subconsciente, desde el sueño y la alucinación, pero también de excluir las fuerzas racionales en la medida de lo posible. En su lugar se introducen en las artes plásticas procedimientos que, de acuerdo con el medio correspondiente, exploran nuevas fuentes irracionales de la actividad creadora.

En 1934, Max Ernst escribía retrospectivamente en su tratado Qué es el surrealismo: «Al principio, no resultaba fácil ni a pintores ni a escultores encontrar los procedimientos propios de la “escritura automática” adaptados a sus posibilidades expresivas técnicas, que les permitiesen alcanzar la objetividad poética, es decir, excluir del proceso generador de la obra de arte la razón, el gusto y la voluntad consciente. No podían recurrir a estudios teóricos, sino sólo a ensayos prácticos y a sus resultados.

El encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección (Lautréamont) es actualmente un ejemplo muy conocido, casi clásico, del fenómeno descubierto por los surrealistas de que la aproximación de dos (o más) elementos aparentemente extraños entre sí en un plano ajeno a ellos mismos provoca las explosiones poéticas más intensas. Innumerables experimentos individuales y colectivos […] demostraron la utilidad de este procedimiento. Se comprobó que cuanto más arbitrariamente se reuniesen los elementos, más segura era una reinterpretación total o parcial de las cosas a través de los chispazos de la poesía».

Un ejemplo típico de este proceso es el collage, que tuvo en Max Ernst a uno de sus representantes más destacados. Ya en 1919, cuando el artista se contaba entre los protagonistas del dadaísmo en Colonia, descubrió el efecto alucinatorio resultante de la combinación de elementos -plásticos en este caso- procedentes de contextos diferentes. Los motivos de los catálogos comerciales, las representaciones anatómicas y los grabados antiguos le proporcionaban la materia prima necesaria para sus collages. Los recortaba, los combinaba de nuevo y presentaba sus sorprendentes asociaciones ante un trasfondo novedoso.

Ahora bien, «si el término plumero viene de pluma, collage no deriva de cola»; con estas palabras rechaza Max Ernst en su texto Qué es el surrealismo una definición puramente técnica de este descubrimiento, pues en su opinión se trataba de un proceso que superaba ampliamente el ámbito del cuadro para convertirse en paradigma de la mentalidad surrealista.

«Sólo por el hecho de encontrarse junto a una segunda realidad muy distinta y no menos absurda (una máquina de coser), en un lugar en que ambas se tienen que sentir extrañas (una mesa de disección), una realidad de contornos precisos, cuya determinación natural parece definitivamente establecida (un paraguas), pierde su definición natural y su identidad; a través de un valor relativo supera su absolutismo falso y adquiere un absolutismo nuevo, verdadero y poético: el paraguas y la máquina de coser se aparean.

Entiendo que este ejemplo realmente sencillo revela el mecanismo del procedimiento. La transmutación total se evidenciará de forma inevitable como consecuencia de una acción pura similar a la del coito en el momento mismo en que la coincidencia de dos realidades, en apariencia incompatibles en un plano que obviamente no les corresponde, cree las condiciones necesarias.»

En 1936, al exponer sus ideas sobre el collage en su ensayo Au-delà de la peinture (Más allá de la pintura), Max Ernst pudo reconocer retrospectivamente la importancia trascendente de esta técnica combinatoria para el pensamiento y la praxis artística del surrealismo. En su opinión, la conquista del collage se situaba en la habilitación de lo irracional para todos los ámbitos del arte, de la poesía y hasta de la ciencia y de la moda. Según sus propias palabras, «a través del collage lo irracional ha penetrado en nuestra vida privada y pública». El cine surrealista sería impensable sin el collage, que también ejerció una influencia no desdeñable en el desarrollo posterior de la pintura surrealista -Max Ernst piensa sobre todo en los cuadros de Magritte y de Dalí-.

En 1925, Max Ernst descubrió el frottage, procedimiento muy habitual entre los niños, que, como el collage, cede mucho espacio a lo casual en la labor creadora del artista: el pintor frota un lápiz o un pincel casi seco sobre una superficie de papel o de tela colocada encima de una base áspera, dando lugar a la visualización del veteado de esta última.

Una década después, en 1936, Max Ernst se refirió en Au-delà de la peinture a la génesis de Histoire Naturelle (Historia Natural; ilustración 6), realizada con esta técnica, en los términos característicos de sus recuerdos sobre el collage: «El proceso semiautomático intensifica las facultades visionarias del pintor y marca la representación creada en mayor medida que su intervención consciente y activa. Se despertó mi curiosidad, y sorprendente y despreocupadamente empecé a interrogar a todos los materiales posibles de mi círculo visual: las hojas y sus nervios, una arpillera desflecada, las pinceladas de un cuadro “moderno”, un hilo suelto del ovillo, etc., etc. Mis ojos descubrían cabezas humanas, diversos animales, una batalla que concluía con un beso […]

En consecuencia, el procedimiento del frottage se basa en la intensificación de la sensibilidad de las facultades espirituales con los medios técnicos adecuados. Excluye cualquier forma de control mental consciente (razón, gusto, moral) y restringe extremadamente la parte activa de quien hasta ahora se designaba con el nombre de autor de la obra».

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Vernissage de la exposición en la galería Au Sans Paren, París, 2 de mayo de 1921 De izquierda a derecha: Rene Hilsum, Benjamín Péret, Serge Charchoune, Philippe Soupault, Jacques Rigaut (cabeza abajo), André Bretón.

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