Historia del Arte

Joan Miró: Collage (1928)

pintores surrealistas

Joan Miró


n. 1893 en Montroig (cerca de Barcelona), f. 1983 en Palma de Mallorca

A partir de 1926, Joan Miró tomó parte activa en muchos campos ajenos a la pintura. Realizó decorados, trabajó en objetos formados por los elementos y los materiales más diversos y, finalmente, creó una serie de collages entre los que, sin duda alguna, destaca la muestra aquí presentada.

Aunque en su pintura ya se habían registrado un lenguaje formal lapidario y la restricción a unas pocas formas abstractas en pardo, blanco y negro, el Collage de 1928 combina la simplicidad de la forma con una pobreza de materiales que llega a resultar escandalosa: sobre un fondo claro y ovalado enmarcado por cartón alquitranado negro aparecen en forma de reja gruesas vigas de papel aceitado y un viejo papel pintado. Si sobre esta composición compacta no serpentease el dibujo grácil y delicioso de una bailarina, la obra resultaría sombría y pesada.

Pero tal como es, aparece como un juego refinado con las condiciones del cuadro. En efecto, el dibujo se extiende sobre la reja como un tejido suave; el fondo del cuadro propiamente dicho está clavado y vacío. La bastedad del material se sublima en la fragilidad y en la elegancia del trazo, que se confirma como un objeto del cuadro.

El cuerpo de la bailarina parece cubierto por una zona de sombra y la materialidad de los elementos del collage se disuelve en valores de atmósfera. Este efecto paradójico otorga más relevancia a las palabras de Louis Aragón, poeta y amigo de Miró, sobre sus collages surrealistas: «Independientemente de lo que sea y por fugaz que pueda parecer, todo sirve a este pintor para expresarse, tanto más cuanto menos valor tenga y menos encaje en su entorno».

Otros collages, por el contrario, juegan menos con la cotidianeidad y la banalidad de los materiales empleados que con el efecto poético originado por el choque de diferentes planos de la realidad.

En un Papier colléde 1929 Miró deja en blanco dos círculos en un cartón alquitranado montado sobre papel basto; complementa otro papel en beige y marrón grisáceo, alambres y jirones de tela e incluye uno de sus dibujos típicos. Los círculos forman un universo que, lleno de movimiento, también incluye los elementos «pesados» y los integra en movimientos circulares.

En un trabajo similar, también de 1929, Miró dinamiza el espacio del cuadro con dibujos que tienen formas muy variadas: en el centro, un sombrero puntiagudo girando alrededor de un bastón; debajo, una flecha cruzando el cuadro de izquierda a derecha; en la parte izquierda, dos esferas parecidas a planetas y, finalmente, en la parte superior derecha, una pluma pequeña suspendida en el aire.

También produce impresión de ligereza, casi de ingravidez, la línea transversal que el pintor traza sobre la hoja, y, por tanto, sobre toda la composición. Con las puntas en forma de hilos sujetas en ella, parece balancearse con el viento y recoge una vez más el motivo del movimiento.

Más importante que la obra de arte en sí es su efecto. El arte puede perderse, una cuadro puede destruirse. lo que cuenta es la simiente.

Joan Miró

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