El simbolismo (I)

El arte de Gustave Moreau tiene ciertas afinidades con el de los prerrafaelistas ingleses y, sobre todo, un paralelismo con el Burne-Jones de los Sleeping Knights (Walker Art Gallery de Liverpool); por el contrario, no tiene relación alguna con el simbolismo con que Fantin-Latour envuelve sus litografías en honor de Ricardo Wagner. Tercera influencia preponderante: la de Odilon Redon (Burdeos, 1840-París, 1916), que impregnó a los ambientes del primer simbolismo.

Causó estupefacción su álbum En el Sueño (1879), una de cuyas estampas muestra un astro extraño que adquiere la forma surrealista de un ojo desorbitado. Reflexivo y soñador a un mismo tiempo, un tanto prisionero de su ascendencia acomodada, Redon redujo a una misteriosa simplicidad las recargadas visiones de Moreau; la obsesión por las imágenes de éste se refleja en sus cabezas degolladas. Inspirado por el wagnerianismo de Parsifal (1892) y el fantástico Edgar Poe, pintó mágicos ramilletes de adormideras y margaritas, perfiles recortados en una aura luminosa, pegasos blancos elevándose hacia las nubes, conchas que parecen aprisionar todavía a Venus.

Su preocupación por el ojo y por la araña sonriente, la evocación de la mujer llorosa tras el velo, su fluctuación entre el delirio y el esplendor, entre el Tao y el Evangelio, entre Cristo y Buda, sus ilustraciones del Flaubert de la Tentación de San Antonio, sus ángeles caídos y sus quimeras son otras tantas ventanas abiertas al misterio («¿De dónde procedemos? ¿Qué somos? ¿Hacia dónde vamos?», se preguntaba Gauguin en su célebre cuadro de 1897, en el que reemplazó el simbolismo por la síntesis). En Redon, todo eso se mezcla con dibujos precisos de árboles y follajes, reminiscencias de la realidad del mundo de la naturaleza.

Desde hace bastantes años, la pintura de Eugéne Carrière (Gournay, Seine-et-Marne, 1849-París, 1906) es infravalorada. Sin embargo, y a pesar de las reservas que puedan ponerse a su arte, este hombre fue uno de los artistas moralmente más puros de finales del siglo XIX. Después de su fracaso en el con curso de Roma, tuvo una vida difícil. Pobre, excluido del mundo oficial, fundó, junto con Puvis de Chavannes y Auguste Rodin, la «Société Nationale des Beaux-Arts», abierta a los nuevos talentos. Lo que impresionaba a los contemporáneos del artista, muerto de un cáncer de garganta, era su humanidad, la generosidad de su comprensión social.

Carrière no tiene relación alguna con el movimiento simbolista, salvo su oposición al naturalismo y sus reuniones en el café Voltaire con los escritores de aquella tendencia. Su pintura, ha dicho Jean Dolent, es de una realidad que posee «la magia del sueño». Carrière, como él mismo decía, era un «evolucionista «, un «visionario de la realidad». La frase de Degas ante la obra de este artista brumoso («¡Qué feo es fumar en la habitación de un enfermo!») tal vez haya rebajado excesivamente sus méritos. Algunas de sus maternidades, sus retratos -el Verlaine y el autorretrato que se hizo antes de morir- son obras conmovedoras.

Pero muchos de sus rostros, al igual que algunos bustos de Rodin, tienen el redondeado del academicismo.
Puvis de Chavannes (Lyon, 1824-París, 1898) tenía ya más motivos para ser calificado de simbolista. Nacido en el seno de una familia burguesa, se formó en el taller de Thomas Couture (entra en él un año antes de Manet). Influido por las pinturas que Chassériau hizo en la Cour des Comptes, se lanza hacia un género abandonado por los impresionistas: la decoración mural, que alterna con cuadros de caballete como La Esperanza, El Hijo pródigo (1879) y El Pobre Pescador (1881).

Esta última tela tuvo gran importancia en la evolución de la pintura simbolista. Su simplicidad alegórica, su atmósfera de recogimiento, la desnudez de las formas, la economía del color dado con sordina, concordaban bastante con el manifiesto de Aurier y con la búsqueda de lo que Gauguin llamaba la “saintaise”, lo que nos explica que precisamente Gauguin, así como Seurat y Maillol, llegaran a copiar esta tela. Pero muy pronto Puvis de Chavannes queda totalmente absorbido por los encargos.
historia de la pintura
El pobre pescador, de Puvis de Chavannes (Musée d’Orsay, París). No se trata de una reproducción detallista de unas flores, sino de la expresión de un estado emotivo. Se ha dicho que nadie, ni siquiera Degas, consiguió representar como él el color azafrán de sus heliotropos ni el rojo azul de sus anémonas, ni su gama delicada de tonos ambarinos, perlados, coralíferos. De hecho, este cuadro pintado en 1881, es una de las obras clave del simbolismo francés. Un crítico de la época dijo que el pescador no era ni carne ni pescado, ni tan sólo un buen arenque, en aquella nebulosa, simulacro de pintura que insinuaba una barca en un río inexistente. Y otro la calificó de «pintura de Viernes Santo». Sin embargo, fue copiada por los simbolistas, que vieron en ella una representación de la miseria humana, de la desolación, traducida en una serena atmósfera indiferente.

Sigue leyendo >>>