Budismo y helenismo (I)

Por tanto, se trata de un enclave que es todo un lujo para cualquier investigador de la historia del arte, pues permite recorrer, en las múltiples obras de todo tipo que acoge, la evolución del arte de la India, por lo menos en el que capítulo que se refiere a las construcciones búdicas.

Su interior, de una increíble riqueza de relieves y de pinturas murales, forma un conjunto de una belleza acaso no superada en el arte de la India. Representaciones del Buda, de sus discípulos, de escenas de la vida en los palacios de los príncipes, parejas celestes, animales, flores y motivos geométricos decoran muros, capiteles y columnas. Todo un muestrario de las maravillas de las que fueron capaces los numerosos artistas que durante cientos de años trabajaron en las paredes del valle de Ajanta.

Por otro lado, hay que citar también en los alrededores de Bombay otras joyas de arquitectura rupestre realizadas en época pre-Gupta: Bhaja (donde se encuentra el chaitya más antiguo), Kanheri (donde existen tres chaityas importantes entre un total de 109 cavernas de pequeño tamaño), Nasik (donde de 23 cuevas hay que destacar un chaitya y tres grandes viharas) y, sobre todo; Karli, donde se encuentra el gran chaitya que es la obra maestra de la serie.

Hay que detenerse, siquiera brevemente, en esta magnífica construcción de Karli. Excavada en la roca entre los años 100 y 125 de nuestra era, tiene una nave interior de 41 metros de longitud por 15 metros de altura, impresionante por su sobriedad decorativa, lo que la diferencia de otras construcciones de la misma época en las que, como ya se ha señalado, destaca la rica y fantasiosa decoración. El porche exterior, en cambio, contrasta con la inusual austeridad que reina en el interior, y abunda en elementos ornamentales (kudu, etc.) entre los que destacan los relieves de parejas de hombres y mujeres abrazados, semejantes a los del stupa de Sanchi, aunque aquí las mujeres -pese a sus cinturones de perlas- están menos sobrecargadas de joyas y su modelado es más fuerte.

Otras publicaciones del arte de la India serán sobre el greco-búdico o «arte del Gandhara», nombre que proviene de Kandahar, el valle del río Kabul en el Afganistán. La penetración de la estética griega fue un resultado de la desmembración del Imperio maurya, lo que permitió a los jefes griegos de las colonias fundadas por Alejandro Magno casi dos siglos antes, conquistar poco a poco las llanuras del norte de la India. Así, importaron a esta zona septentrional del subcontinente indio algunas de las características del esplendoroso arte helenístico. Uno de aquellos griegos, Menandro (llamado Milinda por la tradición hindú), llegó con su ejército hasta el Ganges hacia el año 150 a.C. Lo más notable de él es que adquirió una gran reputación de filósofo convertido al budismo.

Estos estados griegos fundados en el norte de la India no tuvieron una duración política muy prolongada porque rápidamente fueron destruidos por la entrada en la península de unos pueblos nómadas que siguieron el camino de todas las invasiones: los pasos del noroeste.

La historia de la penetración en la India de estos pueblos centroasiáticos llamados Kushana es confusa, pero, a pesar de ello, se sabe que crearon un imperio que tuvo su capital en Mathura, desde la que consiguieron dominar todo el norte de la India y que se mantuvo hasta principios del siglo III d.C. Por otro lado, uno de sus soberanos más importantes, llamado Kanishka, se convirtió en el gran protector del budismo y su fervor favoreció su propagación durante el siglo II.

Pero el final del poder político de los griegos no acarreó la desaparición de su cultura, sino al contrario. El Imperio kushana la asimiló rápidamente y desarrolló una civilización muy helenizada a la que pertenecen gran parte de las obras de arte grecobúdicas, de tal suerte que dicho arte, llamado tradicionalmente del Gandhara, sería más justo llamarlo arte de los Kushana.

Este arte al que se acaba de hacer mención, se trata en realidad del foco más oriental del arte grecorromano de Asia, que representa temas de la religión budista. Los cuerpos de estas estatuas son griegos, como lo demuestra su modelado, pero sus actitudes son hindúes. En esta época, y por artistas impregnados de helenismo, se realizaron las primeras representaciones del Buda bajo forma humana, algo que no se había realizado hasta el momento, pues en lugar de otorgar forma humana al Buda se había optado por representarlo mediante alusiones simbólicas utilizadas en el Imperio maurya (huellas de sus pies, Rueda de la Ley, trono vacío, etc.). En el arte del Gandhara el Buda es representado de pie, o sentado, con las piernas cruzadas («posición del loto»), para significar la Meditación en busca de la verdad. Cuando se quiere sugerir la Enseñanza, el Buda es representado con la mano en la posición de hacer girar la Rueda de la Ley.

Mientras sucedían estos acontecimientos en el norte de la India, después de la caída de los Maurya, en el sur -exactamente en el sureste del Decánse fundó el reino de los Andhra, dinastía que duró más de trescientos años (del 25 a.C. al 320 de nuestra era) y tuvo su capital en Amaravati. El llamado arte de Amaravati establece un lazo de continuidad con las antiguas escuelas de Bharhut y de Sanchi y estaba en contacto directo -por el camino marítimo- con el mundo romano. Plinio habla de este imperio y le llama de los Andarae. Además, en las excavaciones realizadas cerca de Pondicherry se han hallado monedas romanas y cerámicas aretinas del siglo I, lo que viene a confirmar que existía un contacto más o menos continuo entre ambos pueblos.

Desgraciadamente, los stupas que existieron en Amaravati han sido destruidos y sólo se han conservado fragmentos de bajo relieves en hermoso mármol que hoy guardan los museos. De los cuatro períodos en que acostumbra dividirse el arte de Amaravati, el más característico es el tercero, correspondiente al siglo II. Se trata de un arte narrativo de escenas búdicas en el que todavía aparecen de vez en cuando las alusiones simbólicas al Buda, aunque abundan las representaciones directas del mismo, en general bajo la figura de monje con un manto que deja descubierto el hombro derecho y con la mano de este lado mostrando la palma en la «posición de ausencia de temor».

Los relieves se caracterizan por un horror al vacío que amontona y multiplica los personajes con un ritmo lleno de vida. Los cuerpos humanos tienen una flexibilidad esbelta, expresada con escorzos que denotan la gran habilidad técnica de los escultores de Amaravati. Son características la sonrisa, debida a la acentuación de la comisura de los labios, y las actitudes muy libres y alegres.

arquitectura de la india

Gran chaitya en Karli.

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