El romanticismo alemán

El romanticismo como ideal no fue un fenómeno exclusivamente francés. Otro foco que lo engendró en Europa fue la Alemania de finales del XVIII. Allí se había manifestado literariamente Tieck, con los Schlegel, con Schelling y Herder, y también allí tomó la forma de exaltación a la vez de la individualidad y del pasado.

Así como en el primer ambiente romántico en Francia se ensalzaron la Chanson de Roland y la lírica trovadoresca, se ensalzó en Alemania el poema de los Nibelungen y la poesía de los Minnesänger.

La nostalgia de la Edad Media se manifestó entre los románticos alemanes con el mismo confusionismo que en otras partes.

Pero en pintura el romanticismo había de tomar en Alemania distinta expresión que en Francia, y a través de dos formas bastante divergentes. Una de ellas encarrila todo el oropel del arqueologismo histórico hacia la pintura mural decorativa; la otra, más genuinamente inspirada en lo que es propio de la pintura romántica, la que encarnan pintores que lo son principalmente de caballete, ya de cuadros de retrato, ya en especulaciones basadas en las visiones de la naturaleza.

Las dos grandes figuras de esta última corriente fueron Gaspar David Friedrich (1774-1840) y Philipp Otto Runge (1777-1810), y es significativo que estos dos artistas alemanes del Norte -Friedrich era de Greiswald, cerca de Rostock, y Runge nació en la Pomerania- se formasen ambos en la Academia de Copenhague. Ambos fueron amigos personales de los principales pensadores y literatos románticos.

El estilo de Runge enlaza, por su sinceridad, con el de los antiguos retratistas germánicos. Tras pasar a Dresde, se estableció en Hamburgo en 1803, y cultivó allí el retrato de evocación íntima, con líricos fondos de paisaje.

Friedrich, que trabó amistad con Runge en Dresde, fue un pintor de grandes impulsos subjetivos. Suyo es este razonamiento sincero que le define:»El pintor no debe pintar solamente aquello que ve exteriormente, sino lo que descubre en sí mismo. Y si en sí mismo no ve nada, más vale que deje de pintar lo que tiene delante. De lo contrario, sus cuadros serán como esos biombos, detrás de los cuales uno tan sólo espera encontrar a enfermos, o incluso a difuntos».

Se dedicó casi exclusivamente a la pintura de paisajes, en la que proyectó su gran potencia, que es casi la de un visionario. David d’Angers solía decir de él, que «había descubierto en el paisaje la tragedia». En todo caso, la suya es una pintura que me rece designarse como la de la Naturaleza espiritualizada. Sus motivos predilectos son las colinas de Sajonia y las costas del Báltico, con sus playas desiertas y sus rocosos acantilados. La cuidada ejecución de sus obras y sus colores ácidos contrastan extraordinariamente con la aguda tensión emocional que se desprende de esos paisajes. Los escritores Kleist y Arnim reconocieron en las obras de Friedrich la imagen exacta de la soledad del individuo, tan típica del romanticismo.

El vienes Moritz von Schwind (1804-1871) cultivó ya la anécdota, ya la escena de personajes, con fondos de paisaje monumental, e incluso pintó asuntos humorísticos, principalmente a la acuarela, antes de entrar en contacto, en 1828, con Cornelius en Munich, donde se dedicó con brillantez a los frescos monumentales.

Carácter muy distinto tuvo el costumbrismo, a veces de intención humorística muy acusada, del muniqués Carl Spitzweg (1808-1885), que desde 1846 tanto destacó como dibujante en la revista Fliegende Blütter.

Lo que se ha dicho hasta ahora acerca de la pintura romántica alemana habrá bastado para que comprenda el lector cuan distinta fue de la cultivada por Delacroix en Francia.

Respondió, en un gran sector de los pintores alemanes de entonces, a un pleno y exclusivo sentido de monumentalidad. Uno de los principales campeones de esta tendencia fue Peter von Cornelius (1783-1857), nacido y formado en Dusseldorf, y que en 1809-1811 había ilustrado, con dibujos a la pluma, el Fausto de Goethe, en vida del autor.

Después Cornelius estuvo adherido (hasta 1819) al grupo radicado en Roma, de los Nazarenos, y tras haberse establecido en Munich en 1825 dirigió su Academia y después decoró con frescos la Gliptoteca y el Museo de Pinturas Antiguas. Su meritoria labor se encaminó a revalorizar la pintura mural a través de la inspiración de los grandes maestros germánicos del pasado, y sus composiciones, como las que realizó después Alfred Rethel (1816-1859), muestran una decidida intención simbolista.

El arte alemán se caracteriza ya en el romanticismo, como más tarde se comprobará con el simbolismo de la segunda mitad del siglo XIX, por su sostenida y fructífera dialéctica entre el símbolo y la realidad. Una dualidad que define la personalidad de los artistas cuyas obras, cada uno expresando su personal temperamento, se generan a partir de las dos tendencias eternas del arte alemán: la fascinación por lo real y el placer de la meditación idealista. Siguiendo las corrientes estéticas europeas, aunque lejos de la mera imitación de modelos, el arte alemán sabe crear un lenguaje personal sensible o introspectivo.

romanticismo

El poeta pobre de Carl Spitzweg (Neue Pinakothek, Munich). En las obras de este autor destaca el costumbrismo, tan característico del movimiento romántico, y el detalle documental y anecdótico que recuerda ciertos aspectos de la pintura holandesa del siglo XVII. En esta obra de 1839 se advierte, además, otra característica: el matiz humorístico.

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