Historia del Arte

Paisajes eróticos

Bajo ellos la divina tierra hada crecer blanda hierba, loto lleno de rodo, azafrán y jacinto espeso y mullido, que ascendía y los protegía del suelo. En este tapiz se tendieron, tapados con una nube bella, áurea, que destilaba nítidas gotas de rocío.
Contrasta este paisaje seductor del prado-lecho que acoge el acto conyugal de Zeus y Hera en la litada con la ausencia de este recurso en el lenguaje visual en las representaciones eróticas. La mayor parte de las escenas de sexo explícitas de la cultura griega y romana tienen lugar en el ámbito cerrado, oscuro y cómodamente amueblado de las habitaciones privadas.

Pero el jardín, las flores y sus aromas pertenecen al ámbito de Eros y de Afrodita. En Atenas, por ejemplo, nos cuenta Pausanias, había en la Acrópolis un santuario dedicado a la Afrodita de los jardines, la Afrodita en képois, y también un jardín rodeaba la estatua de la diosa desnuda de Praxíteles en Cnido. La diosa del amor se viste de perfumes florales, vestidos tejidos por las Gracias que «habían hecho con cuantas flores primaverales traen consigo las Horas: azafrán, jacinto, violeta lozana, hermoso capullo de rosa, dulce como el néctar, cálices en flor fragantes como la ambrosía de narciso y de lirio. Tales vestidos, perfumados por todas las estaciones, fueron los que Afrodita se puso». El jardín exuberante y fecundo es también el espacio de su hijo Eros: «… y la belleza de su piel la indica la vida del dios entre flores, porque en lo que no está en flor o se encuentra marchito, sea cuerpo, alma o cualquier otra cosa, no se aposenta Eros, mientras que donde haya un lugar florido y perfumado, allí se asienta y se queda».

El dios entre flores aparece representado en la cerámica apulia del siglo IV a. C., donde un joven Eros afeminado se presenta rodeado de zarcillos, guirnaldas, plantas y capullos; un mundo que se transforma continuamente con la presencia fecunda-dora del dios y que es a la vez espacio de amor y vida y tránsito hacia la muerte. La imagen mítica del jardín «erótico» aparece por ejemplo en el relato del rapto de la hija de Deméter, reina de los muertos. El prado florido es el paisaje iniciático que lleva a la joven virgen a convertirse en esposa del dios de los Infiernos, preludio del acto sexual y de la muerte. Cuando «recogía flores: rosas, azafrán y hermosas violetas, en el tierno prado, y también gladiolos, y jacinto, así como el narciso, que, como señuelo, hizo brotar para la muchacha de suave tez de flor la Tierra… flor de prodigioso brillo, asombro de ver para todos… de modo que ella, atónita, tendió ambas manos para tomar el hermoso juguete». En ese momento se abrió la tierra y surgió el carro de Hades de inmortales corceles para llevarse a su lecho infernal a la desventurada Perséfone.
Prados llenos de flores, jardines cargados de erotismo, bellos y peligrosos lugares que pueden conducirnos a una feliz e inmortal muerte: son los jardines del paraíso. La idea de forma fecunda de erótico jardín prohibido la imaginan los griegos situada en el confín del mundo, en Occidente. Es el jardín de las Hespérides, un paraíso donde las ninfas custodian el árbol de las manzanas de oro que protege una serpiente.

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Crátera apulia del pintor de Licurgo, mediados del siglo iv a. C., Ruvo, Museo Jatta.

La manzana es el fruto prohibido e iniciático que concede la inmortalidad, el fruto erótico que se asocia a la unión sexual, la fruta de Afrodita. La más bella de las diosas ofrece precisamente una manzana al pastor París en el célebre juicio que preludia la guerra de Troya, visualización escueta de la proposición erótica que hará que Afrodita gane este concurso de belleza.

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Hidria ática de figuras rojas del pintor de la enócoe de Yale, circa 480-460 a. C., Londres, British Museum.

La manzana y su transformación, el membrillo, aparecen ligados a la relación sexual y al matrimonio37. Otras plantas y flores insinúan el erotismo: violetas Y rosas se lanzan a los novios en el cortejo nupcial; azafrán, la planta que recogía la virgen Perséfone, está ligada en el mundo clásico, tal vez desde hace muchos siglos, desde Creta, a las iniciaciones femeninas. El mirto es una de las plantas con mayor contenido erótico. Consagrada a Afrodita, con ella se coronaba a los novios el día de la boda. Mirto o «botón de mirto» era el nombre con que se conocía el clítoris de una mujer en Grecia, y con ramas de mirto eran azotadas las mujeres romanas a fin de propiciar la fertilidad en las fiestas en honor de la Bona Dea.

El erotismo se insinúa y se expresa con el mundo vegetal, se intensifica en el poder del perfume floral, que es tal que cualquier cortesana «con sus cabellos y sus senos inundados de perfumes podría despertar el deseo de un anciano». Nombres de plantas, frutos o flores se utilizan como metáfora del sexo femenino y masculino, y el falo ¡puede incluso ser una planta! Una mujer riega con delicadeza unos curiosos vegetales que parecen brotar lozanos y agradecidos por los cuidados de su dueña.

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Detalle de un vaso de figuras rojas del pintor de Hasselmann, circa 430-420 a. C., Londres, British Museum.

La atención, que nos resulta cotidiana, con la que esta honrada mujer, vestida con peplo e himation y tocada con un recatado moño, cuida de que crezcan sus falos, ¿nos aproxima a algún rito de fertilidad? ¿Es simplemente una imagen jocosa? ¿Cuál es el trasfondo de una imagen como ésta?
El mirto o la mirra fueron, según distintas versiones, la madre de Adonis, que había concebido un amor monstruoso, contra natura, por su propio padre. Mirra, con engaños, consiguió acostarse durante doce noches con su progenitor. Descubierto el engaño, el padre, Teio, la persiguió con un puñal y los dioses, apiadados de ella, la convirtieron en el árbol de la mirra. «Nueve meses después se rompió la corteza del árbol y apareció un niño llamado Adonis. Era tan guapo, aun siendo tan pequeño, que Afrodita lo escondió en un baúl para que los dioses no lo viesen y confió su custodia a Perséfone. Cuando esta diosa vio a Adonis se negó a devolvérselo a Afrodita. Tuvo que mediar entonces Zeus como arbitro de este conflicto. Dividió el año en tres partes, en una de ellas Adonis estaría solo, en otra con Perséfone y, en la última, con Afrodita. Sin embargo, Adonis regaló a Afrodita su propio tercio. Murió algún tiempo después en una cacería bajo los golpes de un jabalí. En una pélice apulia del siglo IV a. C. vemos al bello Adonis recostado «a la oriental» mientras un femenino Eros peinado con moño le ofrece una bandeja con alimentos. Arriba, Zeus justiciero, majestuosamente sentado en su trono, resuelve el conflicto ante la súplica de Afrodita.

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Pélice apulia de mediados del siglo IV a. C., Nápoles, Museo Arqueológico Nacional.

El oriental mito de Adonis trae el perfume de las plantas cálidas y aromáticas y el abandono a los placeres sexuales en la Atenas de finales del siglo V a. C. En el exótico ritual de las Adonías, tal y como se celebraban en Atenas, aparece unida la seducción erótica con el mundo de las plantas y los perfumes. Esta fiesta de Adonis tenía carácter privado y estaba al margen de la religiosidad oficial; fuera de los lugares públicos y de los santuarios, su espacio era el de las casas particulares. Las mujeres cultivaban, en una especie de parodia de la actividad agrícola, sus efímeros jardines en las azoteas de las casas al ardiente calor del verano. En ánforas rotas, cestas o tiestos, los brotes germinaban rápidamente, crecían y se marchitaban, como el niño Adonis, cuya belleza y precocidad sexual despierta el deseo de Afrodita y de perséfone, uniendo así en el ámbito de la seducción erótica la tierra de los vivos con la de los muertos.
Las Adonías eran unas fiestas libertinas (como algunas otras en Roma, las de Flora o las de la Bona Dea), básicamente femeninas, donde se pone de manifiesto a los ojos de los bien pensantes atenienses la imagen del desenfreno propio e inevitable de las mujeres que se abandonan a sí mismas. Juegos eróticos entre amantes, banquetes, borracheras, conversaciones obscenas tienen su lugar en el tiempo festivo dedicado a Adonis: «Vamos a organizar un banquete con ocasión de las [Adonías] en casa del amante de Tésala.

Ella será quien se encargue de proporcionar «el amante de Afrodita». Acuérdate de traerte una maceta y una estatuilla. Trae también al Adonis que cubres de besos. Nos emborracharemos con todos nuestros amantes». En estas fiestas participaban sobre todo cortesanas y sus clientes; era la celebración del erotismo «social» ajeno al Eros conyugal y reproductivo, para el cual existía otro espacio festivo femenino, esta vez público y oficial, que en Atenas era el de las Tesmoforias, donde las mujeres-esposas realizaban algún rito de fertilidad y probablemente cocinaban alimentos de formas fálicas. Las Tesmoforias acogían a las mujeres más nobles de la ciudad, ciudadanas y legalmente casadas. La fiesta se celebraba en la colina de la Pnyx, un lugar de alta significación política donde se reunía la Asamblea del pueblo, allí los hombres quedaban completamente excluidos y las mujeres guardaban abstinencia sexual. En las Adonías no se rechazaba a los hombres, participaban las mujeres de baja extracción social y el sexo era «obligatorio»; su espacio eran las casas particulares y las formas fálicas quedaban referidas a la fiesta de la siembra, al mundo vegetal, exuberante y efímero del joven hijo de Mirra. Las fiestas de Adonis terminaban en perfume, tal y como han analizado algunos estudiosos. Las escaleras que servían para subir a los tejados, como nos muestran algunos vasos, se utilizaban también para bajar de ellos objetos que se depositaban en «timiateria» o pebeteros. Su combustión produciría intensos aromas cálidos, tal vez, como se ha sugerido, incienso o mirra.

Plantas cálidas que estimulan el erotismo y sus contrarios, plantas frías que lo inhiben, ambas unidas en el mito de Adonis. El joven muere prematuramente tras ser atacado por un jabalí y esconderse, según algunas versiones del mito, en un campo de lechugas. La mirra, la planta aromática y cálida, le da la vida, y la fría, húmeda e inodora lechuga, «alimento de cadáveres», la muerte. Los olorosos perfumes son un incentivo erótico, y sus contrarios, como la lechuga, producen impotencia. «¡Oh! No pongas lechugas de comida o tendrás que apañártelas tú sola», dice un personaje de una comedia de Eubulo. En la tradición griega, la lechuga produce impotencia sexual y falta de vigor.

La misma falta de vigor sexual puede esconderse en otros lugares, siempre que sean también húmedos y fríos. Conviene no ser imprudente y no bañarse en cualquier manantial, sobre todo si no se conoce bien la geografía erótica. Existía una peligrosa fuente en Halicarnaso, la Salmacia, cuya reputación es conocida por Vitruvio. Bañarse en ella convierte a los hombres en homosexuales pasivos. Del peligro nos advierte Ovidio: «sus débiles aguas enervan y ablandan los miembros en su contacto». Ocurrió que el joven hijo de Afrodita y Hermes fue deseado por Salmacis, la ninfa de la fuente. Ella se abrasaba en deseo y deseaba poseerle, sus ojos despedían fuego, pero no pudo hacer nada hasta que el joven imprudente se desnudó y se metió en el agua. Entonces, «se lanza en medio de las aguas y le aprisiona mientras lucha y le arranca los besos a la fuerza… le enlaza como una serpiente», él intenta resistirse y la ninfa, en su desesperación erótica, implora a los dioses «que jamás llegue el día en que se separe de mí y yo de él». Los dioses escucharon la súplica y «los miembros se unieron con un tenaz abrazo y no son dos, sino una forma doble, de modo que no puede decirse ni mujer ni hombre. No parecen ninguno de los dos y son el uno y el otro». Hermafrodito, al ver la transformación de su cuerpo y la falta de fuerza en sus miembros afeminados, clama a sus padres venganza y ruega que «cualquier hombre que haya llegado a estas aguas salga de ellas medio hombre, y al instante, por contacto de éstas, pierda su vigor». Hermes y Afrodita le escucharon.

El erotismo en el mundo clásico tiene un paisaje que puede estimular la libido con el perfume de las flores cálidas y provocativas o inhibirla en los paisajes umbríos y húmedos. Naturaleza viva ligada a lo erótico, a la fecundidad de la vida y a la esterilidad de la muerte. Tal vez entendamos ahora mejor la figura de la mujer que riega sus falos, imagen vegetal y varonil. Rosas jacintos, narcisos; las flores que recogía Perséfone o con las que se viste Afrodita son en sí mismas esencia viril. De la masculina sangre de Adonis brotan anémonas o, según otras versiones, es Afrodita la que, al ir a socorrer a su amante, se pincha con una rosa y tiñe estas flores de color rojo, que hasta entonces habían sido blancas. El joven Jacinto, amado por Apolo, muere en un accidente de disco lanzado por el dios (tal vez desviado de su trayectoria por un celoso viento); de su sangre viril brotó la flor que lleva su nombre. Narciso es otra bella flor de olor embriagador; es todo lo que queda del hermoso joven que deseó Afrodita y que convirtió a la ninfa Eco en un recuerdo de voz. Tan peligrosos pueden ser la precocidad y el exceso del cálido Adonis como la castidad del frío Narciso, ambos negaciones, en los dos extremos del sexo, del erotismo humano y controlado que griegos y romanos representan en la intimidad del hogar y del lecho urbano, lejos de la alteridad agreste del erotismo sobrenatural y mágico.

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