Historia del Arte

Iconos, esmaltes y otros objetos preciosos

Después de la persecución iconoclasta, los pintores bizantinos se entregaron con ardor a producir pinturas sobre madera. Son abundantísimos los dípticos con las doce fiestas del año, los calendarios con hileras de santos, y los cuadros con imágenes de la Virgen y el Salvador. La mayor parte de las pinturas están ejecutadas de la misma manera: sobre la tabla, preparada con yeso y dorada, se pintan las figuras con vivos colores, los pliegues de los mantos se dibujan levantando estos colores con un buril y dejando aparecer el oro del fondo, que forma las líneas de los ropajes. Y algunos de estos iconos no eran pintados, sino ejecutados con finísimo mosaico.

Después de los iconos, como última rama de la pintura, hay que tratar de los esmaltes; ellos son, para las imágenes sobre tabla, lo mismo que los mosaicos respecto a las pinturas al fresco: de un material y una técnica más rica que aseguraba su duración. Bizancio aprendió de Persia el arte de los esmaltes y su procedimiento especial, que los franceses llaman cloisonné. Consiste en ejecutar el dibujo de la figura sobre una placa rhetálica y colocar luego, siguiendo el dibujo, pequeños tabiques de plancha soldada, que lo dejan dividido en varios compartimientos.

Cada uno de ellos se rellena de pasta vidriada de color; fundida, y después de pulimentada, ni las líneas de los tabiques ni las masas de los colores sobresalen de la superficie plana, la cual queda lisa y fina como una pintura hecha con vidrios. Los esmaltes servían para enriquecer todavía más los objetos de la ya suntuosa orfebrería bizantina: las coronas colgantes, los grandes candelabros, etc. Generalmente se aplicaban, ya terminados, sobre los objetos que tenían que decorar.

Los esmaltes bizantinos son hoy rarísimos y muy estimados por la viveza de color, y una de las obras capitales de la esmaltería bizantina está aún en su lugar, en San Marcos de Venecia; es la famosa Pala d’Oro que forma el altar mayor.

Después de transcurrida la revolución iconoclasta, las representaciones de bulto entero debieron de creerse más peligrosas que las representaciones en puro relieve, y aun a éstas serían preferibles las pintadas.

Es impresionante, sin embargo, que los grandes iconos milagrosos de Constantinopla, al exportarse en forma de copias, se ejecutaran en relieve en lugar de pintura. Bizancio se daba cuenta de la debilidad de la cristiandad occidental por estatuas y relieves que representaran las personas divinas. Algunos de los iconos de Bizancio debían de ser muy antiguos, puesto que repiten figuras catacumbarias. Como orantes con los brazos en alto eran el icono de la iglesia de las Blaquernas, llamada Blaquernitísa, y el de la iglesia de la Caícopatria; este último lucía ya sobre el pecho el medallón con el Niño. Otro icono orante sería el llamado de Jerusalén, traído de la Ciudad Santa. Creíase autógrafo, o pintado por la propia Virgen María.

Estas Madonas bizantinas orando no encontraron simpatía en Occidente. Pero otra de pie, la Hodigitria, es la figura que sirvió de modelo a todas las estatuas occidentales de María llevando al Hijo en brazos. La Hodigitria era el icono de la iglesia de Odegón, la capilla de los guías o carteros. Allí acudían éstos antes de partir con su saco de cartas a las lejanas provincias del Imperio y, a veces, hasta los reinos semibárbaros del Norte o del Oeste.

La Hodigitria hace la acción de mover un pie para marchar como los guías. Lleva el mensaje, que es Cristo, y éste, niño aún, ya lleva la carta, el rótulo que contiene la nueva Ley. Es natural que los guías esparcieran en sus viajes la devoción a su icono con preferencia a los demás. Así, aparece la Hodigitria en Occidente, en el Rin y también en Italia, antes que las otras imágenes de María. Sólo que Occidente no comprendió el sentido teológico de aquella madre mensajera. La coronó como a una reina, y al Niño le hizo llevar una manzana, una paloma, una flor…, todo menos la carta del Evangelio.

Otro icono de María, que se reprodujo innumerables veces, es una figura de Madre sentada en un trono de marfil con el Hijo llevando aún el rótulo. Dos ángeles la admiran desde lo alto, casi sin osar acercarse. El lector debe imaginarse la majestad de aquella grave y noble señora, pintada en la tabla con fondo de oro.

La Virgen aparece en una de las composiciones más singulares de la liturgia bizantina, la llamada Deesis, donde el Salvador, crucificado, escucha los ruegos de María y de Juan el Discípulo antes de expirar. La plegaria de María y Juan el Precursor tiene ya otro carácter que la Deesis, porque ocurre en la Gloria. Jesús está de pie o sentado como emperador en una cátedra de marfil, y María y Juan extienden las manos para interceder por la humanidad ya redimida, pero contumaz, sin arrepentirse. El Bautista se halla a la diestra de Cristo, María al otro lado; y el Señor les escucha, accediendo con un gesto de bendición.

arte bizantino

Cofre rectangular (Museo del Bargello, Florencia). Fechado en el siglo X, separa las figuras con bandas de rosetas de perfecto orden geométrico. La mayoría de arcas y cofres bizantinos se decoraron con temas clásicos, unas veces en forma de frisos que cuentan una historia, otras con figuras (“putti”, hipogrifos, etc.) aisladas en recuadros.

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