El estilo naturalista de Lisipo (I)

Lisipo es el primero que emancipa las estatuas del espectador; muchas de sus figuras pueden contemplarse por varios lados a la vez, extremando las dificultades con temas enrevesados. Hay ya en Lisipo algo del virtuosismo del arte que empieza a cansarse de aquello que es puramente bello y necesita la excitación de lo violento.
Este escultor es, además, un genio verdaderamente ecléctico, que en su incesante producción se inspira en todo lo que se ha inventado anteriormente. Las obras de pintura y los relieves debieron de proporcionarle motivos de composición para sus figuras, en formas que la escultura no se había atrevido antes a reproducir.

Lisipo ejecutó rarísimas figuras femeninas o juveniles, todo lo contrario de lo que sucedía con Praxíteles. El total de su obra pasaba de 1.500 estatuas, de las cuales conocemos con seguridad una sola, mencionada por los escritores antiguos: la figura del llamado Apoxiómenos, descubierta en Roma en el año 1849. Por ella se empezó a comprender algo del verdadero carácter del estilo de Lisipo. El Apoxiómenos («el que se limpia rascando») es un joven corredor que se quita el aceite y el polvo de los brazos con un pequeño instrumento de bronce. Este nuevo tipo de atleta difiere completamente en sus proporciones del Doríforo y otras estatuas atléticas más antiguas. El cuerpo es más flexible y nervioso; aunque se dedica a ejercicios gimnásticos, aquel joven pertenece ya a otra sociedad más refinada; la cabeza es mucho menor y más naturalmente expresiva; tiene en la frente una arruga muy acentuada y una sombra en los ojos, que es como un recuerdo del pathos de Scopas y de la melancolía de Praxiteles.

El Apoxiómenos no es un hombre del pueblo, ni un vulgar pugilista, ni un tipo ordinario de gimnasta; Lisipo, sin idealizarlo, lo ha visto de una manera nueva, altamente estética. Extiende los brazos adelante, lo cual obliga a mirarlo de lado para apreciar lo que está haciendo.
Otra estatua encontrada en Delfos, en 1897, parece ser copia muy cercana al original de una escultura de Lisipo. Es el retrato de un joven llamado Agias que formaba parte de un grupo escultórico de varios individuos de una familia de príncipes de Tesalia. El grupo de Delfos llevaba una inscripción poética que sirvió para identificar a los personajes, pero lo más interesante fue que se pudo comprobar que esta lápida de Delfos era idéntica a otra que había existido en la propia patria de los personajes del grupo, y allí estaba con el agregado de que las esculturas eran de Lisipo. No quedaba duda de que los opulentos señores de Tesalia que encargaron a Lisipo un grupo con sus retratos habían regalado al santuario de Delfos copias de las mismas estatuas.

De inspiración lisípea, sobre todo por las proporciones y postura del cuerpo, es el conocido Ares Ludovisi, una figura del dios guerrero sentado negligentemente, con las piernas hacia delante y las manos apoyadas sobre la rodilla izquierda. La genealogía de este tipo es muy antigua en el arte griego; Polignoto, ya a principios del siglo V a.C, debió de crearlo en alguno de sus frescos, porque aparece en seguida en el repertorio de los pintores de vasos.
En el friso del Partenón, los escultores de la escuela de Fidias lo adoptaron para representar a Ares inquieto en el grupo de los dioses. El dios de la guerra es el único que no puede soportar la duración del cortejo de Atenas, y, en su impaciencia, hace el gesto de levantar una pierna. Pero allí, en el friso del Partenón, la figura no salía del campo de la pintura: el relieve tenía un solo plano, como un cuadro. La dificultad de representarla en bulto entero no fue atacada hasta el tiempo de Lisipo.

Como el dios guerrero, en sus ocios, era propenso al amor, el Ares Ludovisi tiene un pequeño amorcillo que juega entre sus pies, muy restaurado (el rostro es del escultor barroco Algardi), pero que debía de estar ya en el primitivo original, puesto que figura también en otra copia del Museo de Nápoles.

arte griego

Cabeza de Eros de Lisipo (Museo Éfeso, Selcuk)


A Lisipo no le hacía falta esculpir el cuerpo de sus figuras para dotarlas de una gran fuerza expresiva. En este caso, la intensidad emocional de este rostro recae en su mirada y en el escorzo de la cabeza.

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