El gran arte cretense (II)

Después ambos se fugan. Ariadna sería como una de aquellas doncellas sacerdotisas del sarcófago de Hagia Triada o como una de las saltadoras del fresco de Cnosos. Teseo sería uno de los mancebos que tan a menudo encontramos representados en esculturas y frescos minoicos, boxeando o saltando, con cintura muy ceñida y un cuerpo ágil y esbelto. Acaso consideraban los cretenses que la superioridad física procedía más bien de la ligereza y el arte que de la fuerza y el armamento. Es posible que la preferencia que los griegos dieron siempre a la infantería fuera todavía estrategia cretense o minoica. El hoplita griego, descalzo y semidesnudo, logró dar buena cuenta del persa, cubierto de cuero y metal. La confirmación de que los deportes eran un elemento religioso de la cultura minoica se encuentra en la propia planta de los palacios de Creta. Todos los servicios están alojados en construcciones alrededor de un inmenso patio rectangular. Debía de servir para las fiestas o ceremonias del salto del toro, porque hay gradas monumentales para espectadores. En los frescos de Cnosos está representado el público de las gradas de preferencia, formado exclusivamente de muchachas rubias de gala, con pequeñas chaquetas que dejan asomar los pechos. En lo alto, la galería aloja al público de tez morena, que significa que está compuesto únicamente de hombres. Por preparados que se esté en cuanto a leyendas y descubrimientos, aquella vista de la platea del fresco de Cnosos es más de lo que se podría esperar ver: un grupo numeroso de doncellas minoicas que comentan el espectáculo del Minotauro. Se ha dicho que son las primeras mujeres verdaderamente europeas que aparecen con cuerpo y alma; se ha lanzado hasta el epíteto de parisienses para calificarlas: tal es su aspecto coquetón y «mundano».

La representación de figuras masculinas no es tan abundante como la de mujeres, en todo lo conservado del período de apogeo del arte minoico; aunque, en verdad, uno de los más bellos frescos de Cnosos tiene como protagonista a una figura viril. Es el llamado fresco del príncipe, con la esbelta figura de un joven imberbe, tocado con gallardo penacho.
Otro famoso ejemplar de la refinada glíptica cretense es una pequeña vasija globular, a modo de aríbalo, labrada en esteatita, hallada en Hagia Triada. Lleva grabada en su panza, en relieve, una representación, muy realista y expresiva, de hombres que, en formación, marchan cantando. Ha sido definido como un regreso de segadores, aunque tales supuestos segadores llevan, apoyadas en el hombro, unas picas terminadas en una especie de horca, arma bien conocida.

El lector habrá podido captar, de lo que se lleva explicado, la importancia adquirida, en el arte cretense, por la glíptica, la pequeña escultura y la pintura mural, ésta realizada en colores puros: azul, blanco, rojo, amarillo, con abundantes retoques posteriores a la verdadera capa de pintura al fresco. Todos estos aspectos revelan un arte sumamente rico, en su inventiva y sus realizaciones. Por su gran importancia destaca, en este orden de cosas, también la producción cerámica. Ya la antigua de Kamares, modelada a mano (entre los años 1800 y 1700 a.C), cautiva por su elegancia. Las piezas que se ajustan a esta modalidad fueron halladas, no sólo en las cuevas situadas en la localidad de aquel nombre, sino también, en gran abundancia, en Paestum. Comprende mucha variedad de formas: picheles, fuentes cóncavas, y por los ricos diseños curvilíneos, que se desarrollan formando espirales, y por su colorido: blanco sobre fondo negruzco, con retoques de vivos matices, es una de las más impresionantes cerámicas que haya legado la antigüedad. Del segundo palacio de Cnosos (1700-1400) proviene otro tipo de cerámica de empaque más clásico, generalmente preciosos jarrones, y ánforas con pequeñas asas. Su decoración pintada, con temas vegetales o marinos es exquisita, generalmente sobre fondo por engobe, blanco o de tono claro. No menos importante, aunque no tan fastuosa, es la cerámica denominada de Gournia, con gran riqueza de formas globulares y hábil pintura de animales marinos. Así, con pocas excepciones, el arte prehelénico minoico, pacífico y urbano, aparece culto y civilizado.

Hay en él algo más que humano: un amor por los animales más humildes que es casi femenino, y una familiaridad cariñosa para las formas marinas, que es también femenina porque Venus es una dama del mar. Detrás del trono de Minos, en el palacio de Cnosos, hay pintada una foca que aspira el aire salado. El símbolo del poder del monarca de Creta está representado ingeniosamente de ese modo, ya que la foca que se alimenta de peces es el rey del Mediterráneo oriental. En tiempo de Minos las focas no debían de ser allí tan escasas como son ahora, porque Homero habla todavía de las focas que se posaban en las arenas de las bocas del Nilo.

Otras veces la alusión al poder de Minos se representa mediante el pulpo. En los vasos minoicos los pulpos extienden sus tentáculos y abren sus grandes ojos casi humanos. Pero al lado de estas alusiones al poder de Minos, vasos, placas de cerámica y frescos representan simples tallos, flores, animales humildes y domésticos.
La talasocracia o imperio marítimo de Creta fue sustituida por una hegemonía de los reyes de Micenas en la Grecia continental. En la Ilíada los cretenses iban, con su rey Idomeneo, a las órdenes de Agamenón de Micenas -el rey de reyes de los aqueos-, que dirigió la expedición contra Troya para rescatar a la esposa de su hermano Menelao, el rey de Esparta. La época más o menos legendaria de la guerra de Troya se fija generalmente alrededor de 1250 a.C; por lo tanto, la disminución de la importancia de Creta en la sociedad prehelénica y su sujeción a los monarcas de la Grecia continental debió de comenzar hacia el 1400. Efectivamente: dicha fecha es la que se atribuye para la destrucción e incendio del segundo palacio de Cnosos.

arte cretense

Cerámica del estilo de Kamares (Museo de Heraklion, Creta). Sobre fondo negro, el blanco, el rojo vivo y el siena combinan sus espirales en un bellísimo juego de curvas.

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