La escultura: Kúroi y Kórai (I)

La carrera de los cien metros era el medio más frecuente de conseguir la exaltación a la categoría de héroe, pero a veces la voluntad de Zeus se manifestaba de manera directa. La muerte por el rayo era señal de ser elevado a la condición heroica; la muerte instantánea o por alguna manera extraña permitía creer en la posibilidad de una intervención divina. Y la condición de héroe semidivino no se obtenía por virtudes ni por esfuerzo militar.
Por esto el privilegio concedido a los héroes de sobrevivir como serpientes enroscadas en los montículos de sus sepulcros era altamente deseable. Tanto más cuanto que el Olimpo dórico era un Valhalla o Paraíso herméticamente cerrado a los humanos. Únicamente media docena de mortales habían sido aceptados al banquete de los dioses por ser hijos o favoritos del Gran Zeus, como Hércules, Cástor y Pólux, Ganimedes, Psiquis.

Las estatuas de atletas son especialmente preciosas en el arte griego primitivo, porque escasean en esta época imágenes representando a dioses. Textos y tradiciones mencionan fetiches de madera que los griegos llamaban xoana (en singular xoanon) a los que se concedía culto. A los xoana había que vestirlos y bañarlos; caso de tener ya forma humana, ésta debía de ser muy simplificada. Se continuaron venerando hasta la época clásica. En los tesoros de los templos o en las mismas celias, junto a las grandes estatuas de las divinidades se enseñaban los antiquísimos leños que habían recibido el culto primitivo. Pero de todos los de que hablan los textos eran simulacros de divinidades femeninas. Esto explica que se tengan una serie de estatuas de doncellas, o kórai, paralela a la de los kúroi, muchachos predilectos de Apolo y Zeus. No se sabe a ciencia cierta qué calidad de personas eran las kórai ni tampoco lo que les había dado derecho a ser retratadas; únicamente se desprende de las estatuas que eran jóvenes y con carácter casi heroico, porque están coronadas con diademas. A veces se identifican con nombres.

Algunas van vestidas a la moda jónica, lo que hace resaltar más todavía el contraste con los atletas dóricos encumbrados a la categoría de héroes por el dorio Zeus. La indumentaria jónica consiste en una túnica corta, llamada en griego jitón, sobre la cual se arrebuja un manto caído de un hombro y cruzado sobre el pecho. Este manto, llamado himatión, se recoge graciosamente con la mano izquierda. Otras kórai visten ya a la moda dórica, consistente en una túnica larga que llega hasta los pies y en el severo peplo, pieza cuadrada de lana cogida por medio de dos fíbulas o broches sobre los hombros, y que cae plana cubriendo la espalda y los pechos hasta la cintura. Túnica y peplo rígidos a la moda dórica envuelven tan completamente la forma femenina, que el cuerpo parece un tronco liso. Diríase que se trata de imitar al xoanon de madera.

Pero hasta en ciertas kórai vestidas a la moda jónica queda como una reminiscencia del tronco circular, acaso el pilar o fuste de columna prehelénico.
Hay una intención simplificadora en estas estatuas; son como vigas o columnas, no por falta de técnica; obsérvese en la famosa Hera de Samos del Louvre, casi un xoanon, la perfecta talla de los pies y el elegante plisado de la túnica, de un arte refinado. El mismo cuerpo cilindrico de los viejos xoana puede verse en la Dama de Auxerre, del Louvre. Un brazo está pegado al cuerpo y el otro, doblado sobre el pecho, casi forma bloque con él.
Los dos tipos principales de la primitiva escultura griega, el tipo masculino de los jóvenes atletas y el femenino de las muchachas con manto, mantienen ciertas características que persisten en todo el período arcaico. El tipo masculino permite ver la manera como ha sido interpretado el cuerpo humano desnudo, subdividiéndolo en planos y acentuando sus líneas principales del pecho, de la cintura y la cadera. La figura está vista desde una posición de frontalidad, y hay gran simetría en sus movimientos, por cuanto avanzan moviendo la pierna izquierda y van con los brazos en equilibrio, como si llevaran el sistro o sonaja de las estatuas egipcias.

El tipo femenino está siempre vestido, pero los ropajes caen en pliegues paralelos, adaptados al cuerpo. En un principio, la forma humana desaparece en absoluto; no se ve más que el cilindro de la estatua; después, ocurre precisamente todo lo contrario, ya que el vestido se ajusta marcando las diferentes partes del cuerpo hasta con exceso.
Las cabezas, tanto de las esculturas de tipo femenino como de las de tipo masculino, son de cráneo pequeño, de forma esférica; la frente, reducida; los ojos en forma de almendra, algo inclinados, puestos de lado; pero como si fueran vistos de frente, y la sonrisa, llamada arcaica, estereotipada en los rostros, trata de expresar una idea de vida, y aún más que vida, de plácida beatitud.
Pero cuando los escultores primitivos de Grecia quisieron interpretar el movimiento, sus obras no demuestran más que una ingenuidad encantadora. Un tal Akermos firma muy orgulloso una Nike o Victoria volando encontrada en Délos. Akermos no tiene otro medio para indicar que la figura avanza en el aire que ponerla arrodillada; así no toca de pies en el suelo, y sólo se apoya por los pliegues de la túnica, que pasan rozando sobre el pedestal.

Otro tipo masculino, que no es ya el del simple atleta, es el que se ve iniciarse en la magnífica estatua conocida por el Moscóforo, figura de hombre joven llevando a cuestas un pequeño becerro, del Museo de Atenas. Esta estatua fue encontrada también en la Acrópolis, estaba labrada en mármol del Hi-meto y debía de ser el exvoto de cierto Rombo, hijo de Pales. Lo mismo que la Hera de Samos, su arcaica simplicidad no es óbice para que esté sabiamente modelada. El Moscóforo lleva un vestido adaptado al cuerpo, y sus formas musculosas están suavizadas por esta fina malla. Este tipo maravilloso de los primeros tiempos del arte griego sugiere, por asociación de ideas, la representación del Buen Pastor del arte cristiano.
arte griego
Dama de Auxerre, detalle.(Musée du Louvre, París). Escultura que se puede fechar hacia el año 650 a.C. y que es una de las primeras versiones en piedra de los primitivos xoana de madera. El artista no ha tratado de captar la realidad, la ha recreado a partir de sucesivas imágenes conservadas en la memoria, lo que da a la escultura un aire de símbolo. La frontalidad de la figura, construida como una fachada cuya maravillosa plástica enriquecen los dibujos geométricos de la falda, corresponde a un sentimiento arcaico todavía temeroso de lanzarse al mundo del movimiento.

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