Historia del Arte

El espacio arquitectónico

El espacio es el resultado final donde interviene toda la complejidad de la obra arquitectónica. Podemos entrar en el edificio y vivir el espacio que ofrece a través del tiempo del recorrido, reconocerlo bruscamente o de manera reposada, domar el deslumbramiento del primer impulso, emprender el camino y surcar el espacio con recorridos distintos, dirigidos o inventados por nosotros. Los ojos se mueven con una velocidad que nuestra conciencia olvida; son receptores inquietos que componen un tapiz de impresiones vagas que adquieren sentido conforme el recorrido avanza.

Habitar es una experiencia compleja que ofrece la arquitectura y que puede sentirse también en la naturaleza: cuando el cielo parece una bóveda y los árboles, columnas que la soportan; cuando se encuentra una piedra en la montaña que sirve de asiento y desde donde el mundo se convierte en un decorado. Pero la invitación de habitar es ofrecida normalmente por la arquitectura; la curiosidad de los hombres no suele declinar la invitación: Alicia a través del espejo, Jonas en el interior de la ballena, las casas de muñecas, son muestras extremas de la curiosidad humana por atravesar difíciles barreras y conocer el interior de las cosas.

El espacio es el resultado inevitable de la arquitectura, aunque no supusiera una preocupación directa de los hombres que la idearon. El concepto teórico del espacio que tiene una época no siempre influye en la calidad del que muestra su arquitectura. Las primeras especulaciones sobre la naturaleza del espacio lo definen como la nada que separa unos objetos de otros; no le conceden esencia. En el Renacimiento, el concepto espacial alcanza su máximo estatuto después de haberse descubierto la perspectiva. Por último, la ciencia moderna ha restado autoridad al espacio al convertirlo en una condición del tiempo; pero la arquitectura ha tomado, en cambio, conciencia absoluta de su valor.

Si Roma no tuvo una definición clara del espacio teórico, construyó, en cambio, un espacio arquitectónico impresionante: el Panteón de Adriano. Al entrar, la presencia del volumen que encierra se antepone al reconocimiento de la corteza. La unidad absoluta del interior es fulminante, y abarca el contenido de la cúpula y del cilindro que la soporta; ambas figuras tienen un diámetro de cuarenta y tres metros.

La belleza del Panteón se aprecia en una sola mirada; el conocimiento de los casi dos mil años durante los que este lugar ha permanecido intacto aumenta la sugestión producida por la unidad del espacio, el aislamiento y el frío del interior conservado por los gruesos muros. El espacio renacentista fue sometido al aparato geométrico de la perspectiva cuando la arquitectura se consideró el campo de experimentación perfecto para este nuevo descubrimiento de la percepción visual.

Brunelleschi sometió el espacio arquitectónico a estas leyes porque creía en una belleza basada en la percepción del orden y en el entendimiento racional del entorno, una belleza que aborrecía el caos y el desconcierto. El Barroco puso en danza el espacio, infundió movimiento a las curvas y a la geometría de sus plantas y de sus muros. El movimiento del espacio barroco es naturalmente una ilusión producida por la forma. El ideal estético de la comprensión racional del entorno había cedido el paso, quizá sin saberlo, al de la sugestión y la subjetividad.

La arquitectura moderna invoca deliberadamente el poder del espacio como fuente de placer estético de la arquitectura. El espacio es considerado lo específico de la arquitectura, desplazando el interés por el diseño de la envoltura. El espacio como condición temporal es una consecuencia inevitable de la fuerte conciencia del tiempo a la que nos ha sometido la aceleración de la vida, antes que de la relación con las modernas teorías relativistas.

El espacio arquitectónico no es teórico; se deja sentir y disfrutar a través de la sensibilidad. Es cierto, en cambio, que la confianza en la posibilidad del entendimiento del mundo está siendo perdida por el hombre moderno, pero esto no es un obstáculo para su contemplación, sino un estímulo. La arquitectura moderna establece la continuidad entre el mundo y sus interiores, se vuelca en el entorno de la ciudad atravesando los muros que la contenían. El espacio moderno es el espacio de la ciudad, que se detiene en una plaza como en un salón y que emprende la carrera de la velocidad a lo largo de sus avenidas.

logotipos arquitectura

Sede de la “Hong Kong and Shanghai Banking Corporation” (Victoria, Hong Kong) Las últimas arquitecturas que han surgido en el mundo lo han hecho con la fuerza ostentosa de la técnica más espectacular o con la delicadeza del diseño elegante y comedido. El espectáculo que ofrece la técnica halaga la vanidad de una cultura que apostó por el valor del progreso ya en el siglo pasado, y que ahora recoge sus frutos. La nueva estética tecnológica aporta imágenes magníficas, pero desprovistas de la pureza y la diafanidad que se había conseguido a mediados de este siglo: el gran coloso nunca es ingrávido, sino que su naturaleza se confirma cuando muestra los tentáculos de su fuerza. Este edificio, inaugurado en 1986, obra del grupo Foster, muestra los enormes brazos de acero que sustentan la parte central de la construcción, anclados en las torres laterales que exhiben su estabilidad victoriosa.

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