Introducción al arte mesopotámico primitivo

El viejo país que los griegos llamaron Mesopotamia (“País entre ríos”), situado entre el Tigris y el Eufrates, fue sede de una potente civilización, una cultura que por los años que se prolongó y por las espléndidas manifestaciones artísticas que produjo sólo puede ser comparada con la del Egipto antiguo. Como en Egipto, Mesopotamia se trata de una zona en extremo fértil, abundantemente regada en su parte inferior por los cursos fluviales, donde se produjo muy pronto la sedentarización de los pueblos nómadas, que se convirtieron en agricultores y con ello se encontraron en condiciones de iniciar el desarrollo de una civilización.
En la actualidad, y a pesar de las numerosas excavaciones y estudios llevados a cabo en ambas zonas, no es posible todavía determinar si la aparición de la agricultura sucedió primero en el delta del Nilo o en el Tigris y el Eufrates. De todos modos, y a la espera de dilucidar definitivamente qué zona fue la pionera en este sentido, cabe destacar un hecho de gran importancia en lo que a la historia del arte se refiere. Así, mientras el arte egipcio disfrutó de una homogeneidad étnica y de una autonomía geográfica que le permitieron un desarrollo aislado y progresivo, como se podrá comprobar en el volumen dedicado exclusivamente a este fascinante período artístico, el arte de Mesopotamia, en cambio, es el producto de una gran diversidad étnica (sumerios, semitas, indoeuropeos) y de grandes vicisitudes históricas que complicaron extraordinariamente su desarrollo y produjeron una considerable variedad de formas y estilos. Por lo tanto, no cabe realizar un recorrido puramente cronológico del arte surgido en Mesopotamia, si no que es necesario atender a las evoluciones de los diferentes pueblos que, a la vez que se influían de forma más o menos importante entre sí, daban lugar a sus propias biografías artísticas.
Mesopotamia llamaba la atención porque los libros más antiguos de la Biblia sitúan allí el origen de la historia. Por ello, es lógico que se hayan buscado en las ruinas que alberga la zona los primeros pasos de la historia de la humanidad. En ellos se refieren las primeras ciudades que construyeron los hombres: Erek, Akkad, Babil o Babilonia, Ur, patria de Abraham. Nombres de ciudades y personajes que transportan a miles de años atrás. Ese texto habla de reyes poderosos que dominaban la llanura mesopotámica, de sabios sacerdotes, de jardines colgantes y de torres que escalaban el cielo.
Los profetas de aquellos antiguos libros de la biblia habían condenado la perversidad de Nínive y de Babilonia, dos de las ciudades más importantes que surgieron en la antigua Mesopotamia; los libros sagrados contaban el poder y la crueldad de los monarcas que habían oprimido el pueblo hebreo. Todo ello parecía evocar una realidad histórica, pero, obviamente, era preciso poner en tela de juicio muchas de las afirmaciones que se realizaban en esos libros hasta contar con pruebas fehacientes que las apoyaran y complementaran. Pero ¿qué se había hecho de Nínive y de Babilonia? Una civilización de tal importancia no podía haberse desvanecido sin dejar huellas.
Aunque realmente lo parecía. En la monótona llanura mesopotámica, y para mayor desesperación de los estudiosos del arte y la historia, no había nada que llamase la atención, nada que recordase, como las pirámides, estatuas y obeliscos de Egipto, la gloria pasada. Algunos viajeros, funcionarios consulares y aventureros habían recogido ciertos ladrillos con extrañas inscripciones. Pero ¿qué podían representar un montón de ladrillos al lado de las colosales y espléndidas pirámides de Egipto? ¿Acaso era posible derivar el estudio de una civilización a partir de simples ladrillos?
Obivamente la respuesta es negativa. Era preciso encontrar restos más sólidos e importantes para que aquellas lejanas civilizaciones mesopotámicas, de las que tan sugestivamente hacía referencia la Biblia, fueran más que un espejismo en el desierto. Estos ladrillos a los que se hacía mención se encontraban en algunas colinas arcillosas que dominaban la llanura. Los naturales del país ignoraban la naturaleza y origen de esas colinas que ellos llamaban tell. No obstante, estas colinas ocultaban las ciudades legendarias.
En 1843, el cónsul francés en Mosul, Paul-Emile Botta, excavó los tells de Qujundjiq y Jorsabad. Bajo el primero descubrió Nínive y bajo el segundo, el palacio del rey asirio Sargón. Pocos años después, el inglés Layard descubrió otras dos ciudades asirías: Assury Kalakh (Nimrud; 1846-1847).
En 1847, el Musée du Louvre inauguró su primera colección de antigüedades asirías y en 1848 le siguió el British Museum. Mientras tanto, Grotefend desde Alemania y Rawlinson en Bagdad empezaban a descifrar las inscripciones escritas en caracteres cuneiformes.
En los años que siguieron se precipitaron los hallazgos: los ingleses descubren Uruk (el Erek de la Biblia) y Ur, la patria de Abraham, y el cónsul francés Sarzec encuentra Lagash. Pero estas antiquísimas ciudades sumerias de la Baja Mesopotamia parecían más pobres, y los enviados de museos se dirigieron otra vez a las ciudades asirías del Norte, más ricas en hallazgos. En 1899, el alemán Koldewey descubre Babilonia y lleva a cabo su excavación sin descanso hasta 1917, removiendo gigantescas montañas de barro y cascotes. Sus discípulos empiezan en 1912 una minuciosa exploración de Uruk en la que aplican ya la técnica de excavación “con microscopio”, examinando hasta el más pequeño detalle cuya posición es escrupulosamente fijada en un plano. Por tanto, en poco más de 50 años se habían descubierto prácticamente las ruinas de toda una civilización, pero aún habría hallazgos de gran importancia.
Por ejemplo, en 1927-1929, el inglés Woolley descubre las tumbas reales de Ur, cuyos tesoros casi eclipsaron el esplendor del entonces reciente descubrimiento de la tumba de Tutankamon. Pero hasta la década de 1930 no se encuentran las capas más antiguas de Lagash; hasta 1933, André Parrot no descubre Mari; hasta 1943, los arqueólogos iraquíes no descubren el yacimiento de Hassuna, que hace retroceder los orígenes de la civilización mesopotámica hasta el IV milenio a.C, y hasta 1948 no se descubre el templo de Eridu, el edificio religioso más antiguo del mundo.
En definitiva, las líneas de desarrollo de la civilización mesopotámica hoy ya son conocidas, incluso en detalle. Si las grandes obras de Egipto, Grecia y Roma han permanecido visibles desde siempre, se ha comprobado que las manifestaciones artísticas de la cultura mesopotámica han permanecido miles de años ocultas bajo metros y metros de tierra. Puestos a especular, quién sabe si los períodos artísticos más importantes de la cultura europea, como el Renacimiento, por ejemplo, claramente influidos por las glorias del pasado, hubieran sido quizá diferentes de haber conocido los grandes artistas las creaciones mesopótamicas.
Los futuros descubrimientos enriquecerán el conocimiento sobre este fabuloso pasado, aunque no parece probable que modifiquen las conclusiones a las que se ha llegado en estas últimas décadas.

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