Paul Klee

La otra personalidad auténticamente genial que salió de Der Blaue Reiter fue el suizo Paul Klee (1879-1940), nacido cerca de Berna, hijo de un organista alemán. Sus obras, en su mayoría dibujos y acuarelas, son de pequeño tamaño y parecen superficiales y poco importantes; muchos se diría que son el resultado de un deseo de jugar, casi infantil. Sin embargo, Klee fue el primer artista que se adentró deliberadamente en la región inexplorada del inconsdente humano, sobre la que, poco antes, Freud había llamado la atención.

Klee fue a Munich a los 19 años y después viajó largamente por Italia; al regresar a Berna, en 1902, escribió en su diario estas palabras llenas de modestia y de grandeza: «Tengo la impresión de que tarde o temprano llegaré a algo válido, pero he de comenzar no con hipótesis, sino con ejemplos, específicos por pequeños que sean. Para mí es muy necesario comenzar con minucias, aunque sea una desventaja.

Quiero ser como un recién nacido, no saber absolutamente nada acerca de Europa; ignorar hechos y modas, ser casi un primitivo. Luego, quiero hacer algo muy modesto, procurarme a solas un tema diminuto, uno que mi lápiz pueda abarcar sin técnica alguna… No es tanto cuestión de voluntad como de destino». Es claro que ser como un recién nacido no es una ambición modesta, sino la marca del genio.

Como ya se ha dicho, en 1912 ingresó en Der Blaue Reiter. Su amistad con Kandinsky y con Marc fue decisiva. Coincidía con Kandinsky en su mismo apasionamiento por la música, especialmente le interesaban Bach y Mozart, y durante toda su vida Klee fue un consumado violinista. Con Franz Marc hizo un viaje a Túnez, en 1914, que fue una de las experiencias que lo marcaron más profundamente; sólo duró 17 días, pero al regresar escribió estas palabras reveladoras: «El color se ha apoderado de mí; ya no tengo que ir a buscarlo. Sé que se ha apoderado de mí para siempre».

Otras dos experiencias fueron decisivas para Klee. En 1914 y en 1916 Macke y Marc murieron en la I Guerra Mundial. Este sacrificio sin sentido de dos artistas muy próximos a él lo obsesionó el resto de su vida, y determinó las insinuaciones sobre la muerte que aparecen frecuentemente en su obra. La segunda experiencia fue su incorporación como profesor a la Bauhaus, respondiendo a la solicitud que le hizo Walter Gropius en 1920. Durante diez años, Klee se esforzó en formular para sus alumnos los principios básicos del arte contemporáneo. El resultado de todo ello fue reunido en tres libros de teoría y enseñanza del dibujo que se publicaron en aquellos años.

Fue a partir de su estancia en la Bauhaus que su obra empezó a ser conocida fuera del reducido círculo de amigos suyos de Munich y de la Suiza alemana. Pero desde hacía muchos años, Klee había comprendido que él era esencialmente un poeta; por eso su arte se puede entender mejor si buscamos en él la metáfora poética, el símbolo sencillo que revela el mundo de nuestros sueños.
En su Schöpferische Konfession («Confesión creadora»), escrita en 1918, aunque no se llegó a publicar hasta 1920, escribió esta frase tan penetrante que explica tanto sobre su pensamiento: «El arte no expresa lo visible; más bien, hace visible».

Como ha hecho notar Argan, la actividad artística, para Klee, es parecida a la del investigador que mediante ciertos procedimientos técnicos «hace visibles» (sin representarlos) los microorganismos, que existen, pero que sin esta actividad no podrían verse. Klee opera sobre los microorganismos que habitan en las regiones profundas de la memoria, y gracias a él son revelados.

Algunas de las pequeñas obras de Klee -pequeñas por su formato- recuerdan caricaturas y dibujos humorísticos. Y es que en su obra, junto a la angustia de la muerte, hay también el humor y la ironía, que tan escasos son y tanta falta hacen en el arte contemporáneo. Son el resultado de largas horas de reflexión a que se obligaba frecuentemente Klee mientras tocaba el violín o hacía labor de ganchillo ante una mesita modernista.

historia del arte

Paul Klee: Blick aus Rot

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