La tradición clásica

Hace más de 2.500 años, en las riberas del Mediterráneo, la cultura de la Grecia clásica sentó las bases de unas formas arquitectónicas que han sido constantemente utilizadas en Occidente durante los siglos sucesivos. Todavía hoy podemos ver en nuestras ciudades modernas, incluso en edificios construidos en este siglo, detalles y formas arquitectónicos provenientes de la antigua Grecia; formas que con cierta indiferencia se mezclan con anuncios publicitarios, con muros de vidrio de edificios de oficinas.

Grecia dio lugar a la tradición que llamamos clásica, desarrollada luego por Roma y sucesivamente olvidada y recuperada, ignorada y venerada, transformada continuamente por la historia. Los griegos construyeron la idea de arquitectura más simple que podamos imaginar: el templo, una estancia rectangular con cubierta a dos aguas, rodeada de una zona porticada. Esta simple concepción arquitectónica la ejecutaron, sin embargo, con la mayor precisión y exactitud, como el engranaje de un reloj. En el templo todos los elementos son armónicos, sus medidas cumplen entre sí las proporciones que Grecia consideró base de toda belleza, las que cumple la música cuando suena agradablemente al oído, quizá las que cumple el mundo y todas sus piezas considerado como «cosmos», como conjunto ordenado. En Grecia, la arquitectura formaba parte del cosmos y estaba en concordancia con sus leyes.

El origen de las formas arquitectónicas del templo es claramente constructivo: las columnas poderosas, sus capiteles que recogen el peso de los entablamentos horizontales, las cubiertas inclinadas que dirigen el agua de la lluvia. La construcción de piedra había sido precedida por la de madera; ese principio remoto explica tal vez las formas de algunos elementos del templo que, al petrificarse, se habrían convertido en decorativos. Medida y construcción, secretos de una arquitectura que no pretendía ser innovadora sino conservadora; a lo largo de siglos de maduración, la cultura griega perfiló lentamente y con exactitud un repertorio de formas limitado.

El producto fundamental de esta actitud, que condicionó el sentido de toda la tradición clásica, son los órdenes. Llamamos órdenes a conjuntos de elementos arquitectónicos: columna, capitel y entablamento. Cada uno de estos conjuntos es cerrado: no es posible inventar ni intercambiar elementos; es completo: contiene la totalidad de piezas con las que puede construirse el templo, y es coherente: sus elementos están proporcionados entre sí y corresponden a una lógica constructiva concreta. Solamente la larga experiencia de los siglos pulió y modificó cada uno de los órdenes. Los órdenes responden perfectamente a la concepción griega del mundo; más sorprendente es su adopción en tiempos futuros, pero ya como producto lógico, ya como fetiche histórico, lo cierto es que constituyen la clave de la tradición clásica. Grecia creó los órdenes dórico, jónico y corintio, y el Renacimiento añadió los órdenes toscano y compuesto tras su observación de las ruinas de Roma.

El imperio romano, colonizador de la antigua y mesurada Grecia, adoptó sin reservas sus formas arquitectónicas con un sentido quizá más práctico que reverencial. Utilizó tanto los diseños de los órdenes, como el producto de sus saqueos en la construcción de edificios grandiosos y variados. Pero tendió a convertir esas figuras de la arquitectura griega en un sistema ornamental. En su necesidad expansiva y constructora, Roma utilizó las posibilidades de las estructuras abovedadas, tanto para distribuir espacios de formas infinitamente variadas como para utilizar materiales más manejables y baratos, como argamasas y cerámicas. En esa acelerada carrera constructiva, Roma legó a la tradición clásica algo que, aunque más vagamente que los órdenes, también la caracteriza: un sentido armónico de la distribución espacial, la elegancia de las distintas secuencias de las estancias conseguida merced a la simetría, la solidez y la disposición de la arquitectura.

Pero la aportación de Roma al repertorio griego fue fundamentalmente la derivada de convertir el sentido constructivo de los órdenes en decorativo. Creó pilastras, columnas adosadas y semicolumnas; la superposición de un motivo griego, como el par de columnas arquitrabadas, al arco romano fundó uno de los motivos decorativos más recurrentes del clasicismo; inventó el orden toscano, variación del dórico, con fustes de columnas o pilastras sin estrías, y la variación del corintio, que el Renacimiento llamó compuesto, derivado de su fusión con el jónico.

El rigor griego en cuanto a mesura y proporción fue dulcificado por Roma, una nueva idea de belleza que quizás había perdido trascendencia, aunque ganó amabilidad. Roma cubrió medio mundo con estas formas, convirtiéndose en transmisora del clasicismo. El tiempo y el azar castigaron la arquitectura griega sepultándola en un olvido milenario, capturada entre las rigurosas fronteras de los turcos, desmoronadas las enormes piedras. La arquitectura romana llegó, sin embargo, a las puertas del Renacimiento después de atravesar una Edad Media que conservó sus formas en mayor medida de lo que fue consciente, aunque rompió el hilo de la tradición clásica.

No se sabe hasta qué punto la Europa que siguió al dominio romano tuvo conciencia de que las formas espaciales que utilizaba en sus edificios tenían su origen en Roma. En tiempos duros para la supervivencia de los hombres, la cultura hiberna y se recluye en su feudo, que en la época medieval fue el mundo religioso, sus bibliotecas monacales, sus escuelas y sus edificios. Algo del clasicismo perduró en la reserva de la Iglesia, pero el conflicto entre la fe de los cristianos y el paganismo de los antiguos tendió a oscurecer aún más el brillo de una cultura que desaparecía.

La ornamentación clásica, las superficies finamente trabajadas de los grandes espacios romanos, se perdieron o confundieron con otras influencias ornamentales venidas de lugares más lejanos, y su precisión se disgregó en el gusto por lo fantástico de las narraciones esculpidas medievales. También el saqueo de los edificios romanos, o la reutilización de piedras, contribuyeron al proceso de degradación y confusión, del mismo modo en que los escritos de Platón o Aristóteles fueron confundidos por interpretaciones, traducciones o plagios. Capiteles con hojas de acanto provenientes de edificios romanos en ruinas convivían con capiteles labrados que representaban horribles visiones infernales; personajes de la Antigüedad entrecruzaron sus mitos con símbolos cristianos.

Pero en la historia la pérdida de conciencia suele significar pérdida de coherencia, rompimiento de la tradición. Al llegar la Edad Media, el clasicismo cerró su primer capítulo, el de la Antigüedad, que se vio convertida así, definitivamente, en ruina. Los hombres que protagonizaron el Renacimiento condenaron la Edad Media por haber olvidado el clasicismo. En el siglo XV, en Italia, ya era firme y profunda la revalorización de la cultura clásica. Las formas arquitectónicas de la Antigüedad volvieron a ser utilizadas con la pretensión de continuar, antes que de reproducir, una cultura emprendida en tiempos ya remotos.

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Templo de Poseidón (Pesto, Italia) Uno de los templos griegos mejor conservados, erigido en la colonia griega de Pesto a mediados del siglo V a. de C., es un templo hexástilo de orden dórico. El orden del templo no solamente precisa el diseño de cada pieza constructiva, sino su tamaño con relación al resto del edificio, su proporción. Fruto de la proporción propia del orden dórico es la poderosa presencia de este edificio: la robustez de las columnas, la amplitud de su entablamento que parece aplastar la piedra de los capiteles. Grecia supo, a través del instrumento de la proporción, expresar el sentimiento de grandeza de la arquitectura, abstrayendo su dimensión real.

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